Esos locos bajitos

El pasado martes, la edición digital del diario EL PAÍS publicó un demoledor artículo sobre los niños con trastorno de hiperactividad (TDAH). Estos escolares hiperactivos, normalmente, son tratados con psicofármacos para paliar sus síntomas. Éstos suelen consistir, básicamente, en que el niño no se adapta a las normas y hace cuanto le viene en gana. Ignora tanto a sus padres como a sus profesores, adultos obstinados en reprimir sus excesivamente individualistas impulsos (aunque ahora los llaman pulsiones, para que suene peor). La medicación se ha convertido en la panacea rápida y eficaz para que estos niños, tanto en casa como en el colegio, dejen de molestar. Sus sufridos padres, desesperados por la conducta rebelde de estos niños, acaban viéndose obligados a aceptar lo que la psiquiatría les dice: “Su hijo tiene un trastorno mental y por su bien hay que medicarlo”.

Ya a tan tempranas edades se les trata como enfermos mentales. Pero no es de extrañar en una sociedad que aniquila a todos los que se atreven a no ser “como todo el mundo”. Tanto la educación como la psiquiatría están empeñadas en la socialización a cualquier precio, aunque éste sea drogar a los niños ‘especiales’. No hay que olvidar que los Estados tienen un objetivo fundamental: que el individuo encaje en la sociedad que han diseñado para dominarlo. Es decir, que tenga su cónyuge, sus hijos, su nómina, su coche, sus tarjetas de crédito, su hipoteca… Un ciudadano ejemplar, vamos. Por ello, cualquier sospecha de individualidad es debidamente tratada, para así evitar que alguien reclame ser ciudadano y no súbdito. Podemos estar orgullosos de que hoy prime el rebaño sobre el individuo, la uniformidad sobre la transgresión, y la mediocridad sobre la genialidad.

Pero a veces, pese a lo que opinan muchos especialistas de salón, es bueno no adaptarse a la sociedad si uno todavía desea preservar la poca cordura que le quede. Sin embargo, al basarse en transmitir información sin plantearse en ningún momento la salud emocional de los escolares, el sistema educativo considera trastornados e inadaptados a los niños hiperactivos. Un sistema, por otra parte, concebido estrictamente para fomentar la inteligencia académica, apisonando por omisión la inteligencia emocional. Así les va a estos niños y a los demás, y al mundo en que malvivimos, claro. Porque para mayor escarnio, el nivel de exigencia académica está a ras de suelo, premiando la mediocridad y castigando el talento. Por ello, si en el 2008 surgiese hipotéticamente un Joan Manuel Serrat, vendería la centésima parte de discos que Melendi, y por supuesto no pasaría ninguno de los castings televisivos creados para mofarse del personal y divertir a su feliz audiencia. Así que ya sabéis, locos bajitos: si queréis hacer felices a padres y profesores, así como al conjunto de la sociedad, no olvidéis tomaros vuestra dosis diaria de soma. No vaya a ser que os dé por ser libres y perseguir vuestra propia felicidad.

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