La adicción al sufrimiento

sufrimientoTodos oímos hablar de diversas adicciones: alcohol, tabaco, drogas, sexo… Nos estamos refiriendo a patologías tratables con mayor o menor éxito por la sanidad. Sus víctimas son personas que pierden toda fuerza de voluntad. Están literalmente enganchadas a un vicio, aunque les acabe costando la vida. Pero existe otro tipo de adicción, más desconocida y dañina si cabe que las citadas en la primera frase. Cualquiera que haya sido víctima de malos tratos durante largo tiempo, tiene muchas posibilidades de convertirse en adicta al sufrimiento. El tabaco, el alcohol, la droga o el sexo te proporcionan cierto placer, por efímero que resulte. Sin embargo, ¿qué placer se puede extraer del sufrimiento? Evidentemente ninguno, pero puedo asegurarte que esta adicción la padecen cientos de miles de personas en nuestro desdichado planeta.

¿Qué le puede llevar a una persona a engancharse al sufrimiento? La pregunta es sencilla de formular pero compleja de responder, como lo es el proceso de destrucción de un ser humano. Nuestra sociedad sufre múltiples lacras, pero entre las más devastadoras está la de los malos tratos en el hogar. Los verdugos desprecian a su rehén, vomitando sobre él toda su basura. A fuego lento, esa podredumbre moral acabará calando hasta la neurona más recóndita. Y no voy a hacer distinciones entre malos tratos físicos y psíquicos. Lo sustancial es que estos psicópatas se dedican a anular a sus víctimas, hasta que ellas dejan de oponer resistencia y se acostumbran con docilidad a sufrir comportamientos infrahumanos. La persona maltratada acepta serlo, e incluso lo comprende, porque la han (con)vencido de que no se merece nada mejor.

¿Por qué crees que tantas mujeres son incapaces de denunciar? Habrá otras razones, pero una de las más terribles es que la víctima interioriza que merece ser maltratada y no ser querida. Acaba asumiendo que el denigrante trato que recibe es el adecuado. Todo atisbo de autoestima queda aplastado por un nuevo circuito neuronal, en el que la ilusión por vivir es aniquilada por malos tratos, humillaciones, vejaciones, etc. Y a base de repetirse sistemáticamente esas experiencias, se crea un perverso hábito en el cerebro de la víctima que, aunque no desea sufrir, termina por adaptarse al infierno. En los casos más graves, su capacidad psíquica queda muy severamente afectada. Si conoces a alguien en esta situación actúa con cuidado, porque son seres frágiles con la sensibilidad a flor de piel. Su concepto original del amor se ha visto pervertido por los constantes desprecios. Difícilmente recuperarán el entusiasmo por vivir, pero la única forma de intentarlo es con altas dosis diarias de amor y paciencia, de paciencia y amor. Es lo mínimo que merecen quienes fueron tan desamparados.

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4 comentarios

  • Bernardo

    Pero qué bien lo explicas Fernando, mira que he acudido a diferentes profesionales de la psicología pero tus entradas me han ayudado mucho más que horas y horas de diván. El maltrato durante años penetra hasta el último rincón del cerebro causando daños irreparables, algo parecido a cuando se está desarrollando un tumor, si lo coges a tiempo y no ha colonizado las capas interiores seguramente tiene solución, pero como haya penetrado hasta la última capa…apaga y vámonos. Yo sufro (con periodos más o menos intensos) de la falta de entusiasmo por vivir ( como bien explicas), recuerdo que en el primer trabajo donde me “colocaron” mis padres, en los descansos del almuerzo aprovechaba para escribir en trozos de papel, en ellos volcaba la rabia y frustración por no estar en un instituto estudiando con los amigos, como autocrítica ( que también la hago) tenía que haber tenido más coraje y haberme buscado la vida fuera del hogar familiar. Hay muchísima violencia silenciosa en los hogares, uno de los primeros filtros para detectarlos son los colegios e institutos así como la consulta del médico de familia.
    Como siempre, gracias.

    Un abrazo.

    • Fernando Solera

      Gracias por tus palabras, Bernardo, y lamento de corazón que lo hayas pasado tan mal. A mí también me faltó coraje. De hecho no paso un día sin reprocharme lo cobarde que fui, y cómo me dejé hundir, pero ya no tiene remedio. Lo peor de todo, al menos en mi caso, es que el maltrato familiar lo llevé en silencio, por eso de que los trapos sucios se tienen que lavar en casa. Fue un grave error por mi parte, porque no tuve en cuenta que la crueldad humana puede alcanzar altísimas cotas, también dentro de la familia. ¿Y sabes qué es lo más triste? Que las personas que hicieron el destrozo, todavía hoy se lavan las manos y miran para otro lado. Es duro, muy duro, pero hay que seguir.

      Un abrazo, Bernardo, y como siempre gracias a ti.

  • Hola Fernando: he entrado en tu página y automáticamente me he puesto los auriculares…Creía que tu entrada anterior había sido una excepción en tus podcast, pero hoy me da la impresión de que no lo era, que quieres volver a escribir…
    Si te digo la verdad, yo prefiero la escritura. En teoría me gusta mucho la radio (con la que asocio el podcast), pero nunca he tenido tiempo de seguir los programas que me gustaban. No sé si estaré equivocado -tendrías que hacer una encuesta entre tus seguidores- pero te veo mejor escribiendo que “radiando”…
    ¿Qué placer se puede extraer del sufrimiento? Habría que preguntar a la Iglesia que durante siglos ha basado su enseñanza en que hemos venido a este mundo a sufrir. Bueno, también podríamos preguntar al marqués de Sade o en algún club de masocas…
    Qué puede hacer a una persona engancharse al sufrimiento? Seguramente la ignorancia y la falta de otros horizontes.

    • Fernando Solera

      Celebro que te guste la escritura, Emilio. Como erudito de las letras, es normal que las prefieras.

      En cuanto a la causa de la adicción al sufrimiento, aparte de la innegable influencia de la iglesia en nuestras vidas, creo que has dado en el clavo cuando has hablado de la falta de horizontes. Si una persona carece de esperanza y se siente abandonada por la vida, al final lo normal es dejarse caer.

      Un abrazo.

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