Aprender a vivir

sentido_comunSomos más de siete mil millones de seres humanos en nuestro devastado planeta.  Siete mil millones de hombres y mujeres que pretenden, a base de golpes, entender de qué va esto del vivir. En la escuela nos enseñan a leer y escribir, matemáticas e historia, física y literatura. Después te vas especializando en función del camino profesional que el sistema te obliga a elegir. Conoces a muchos profesores, la mayoría bienintencionados, que se limitan a impartir el temario de la asignatura, y hasta mañana. Pero nadie te enseña, en ninguno de los niveles académicos, la materia más importante: nuestra vida. De niño te explican que naces, creces, te reproduces y mueres. No van mucho más allá de la frase anterior. Nadie te explica lo que es el ego, el subconsciente, los sueños, las emociones, la autoestima o el amor. Quizá no necesites saber nada acerca de los citados asuntos para comprar dos kilos de manzanas o extirpar un apéndice, y por eso nadie te habla de ello. El problema consiste en que pasamos las 24 horas del día con un ser que va un poco más allá de hacer la compra o trabajar en algo que probablemente detesta.

Ese ser eres tú. Soy yo también. La persona que ves en el espejo es un milagro colosal, aunque las legañas, las bolsas en los ojos, las canas o la escasez capilar pretendan indicarte lo contrario. Nos bombardean a todas horas con imágenes de hombres y mujeres perfectos, de cuerpos de revista y vidas de ensueño. Seres humanos que, por cierto, tampoco se libran del espejo ni de la voz de sus egos individuales. Da igual que se llamen Monica Bellucci, Brad Pitt o Scarlett Johansson. Son esencialmente iguales que tú y yo, lo creas o no. La diferencia fundamental estriba en que ellos son muñecos retocados física y digitalmente, para provocar nuestra admiración o envidia. Si son tan fascinantes, ¿por qué se suicidan, son alcohólicos o mueren por sobredosis? Quizá no sean tan perfectos como les exigen aparentar, ni falta que les hace. No existe mayor calvario que pretender ser lo que no eres. Nadie me lo explicó en casa, ni en la escuela, ni siquiera en la universidad del pueblo (televisión). Como tampoco que no existe nada más liberador que ser simplemente lo que eres y como eres, y a quien no le guste que se agencie un mono.

Nos han convencido, empezando por nuestros progenitores, de que debemos ser correctos, portarnos bien y siempre dar buena imagen. El problema es que esas enseñanzas, llevadas al límite, generan unas frustraciones del copón. Ser siempre ejemplar, aparentando que eres maravilloso, inteligente, guapo y demás, resulta extenuante. Si existe Dios, no creo que desee que seamos unos amargados. El otro día, una señora me decía que los fatkini no le gustaban porque atentaban contra “el sentido común”. Es decir, que su programa mental, el que a cada uno de nosotros nos dice lo que está bien y lo que está mal, le soplaba al  oído que una mujer voluptuosa, con curvas, lo que viene a ser una jaca, no puede lucir su cuerpo en bikini, porque atenta contra “el sentido común”. Pues olé por las mujeres que se ponen los prejuicios por montera y se rebelan contra la dictadura del sentido común y lo socialmente establecido.

A la citada señora, que seguro no leerá este escrito (le alabo el gusto), debo agradecerle que me mostrará cómo funcionamos por programación automática. O dicho de otra manera, los adultos somos unas máquinas de prejuicios. ¿Por qué somos así? Pues porque funcionando a golpe de prejuicio, nos ahorramos tener que pensar o vivir nuevas experiencias, virgencita, que me quede como estoy. Si vamos por la vida todo ufanos, dejándonos guiar por “el sentido común”, nuestro transitar será fácil y cómodo, pues a nuestro ego le chifla juzgar el bien y el mal. Pero por holgazanes también pagaremos un peaje carísimo: vivir desconectados de la maravilla del presente. Cada instante es mágico, por único. Pensamos que vamos a estar aquí para siempre, porque siempre son otros los que se van, pero tened por seguro que os tocará el turno en el cementerio. ¿Habrá algo después, más allá? Eso lo dejaremos, si acaso, para un próximo programa. Me conformo con haberos transmitido alguna idea inconexa  acerca de lo que  podría ser el paseo por este planeta. Un lugar que de ti también depende que no sea un valle de lágrimas. Al final, concluyo que he escrito todo esto para intentar entenderme a mí mismo y aprender lo que nadie me enseñó. Si a ti también te sirvió algo de lo que acabas de leer, mi felicidad será completa.

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6 comentarios

  • Domingo

    Al fin has decidido levantarnos el castigo y te has puesto a escribir, querido Fernando. Leyéndote me ha dado por recordar al dramaturgo irlandés George Bernard Shaw, quien a muy temprana edad proclamó con sorna algo así como que debía abandonar su educación para ingresar en la escuela. Un crack el monstruito. ¡Jejeje! Tienes toda la razón: lo fundamental que se aprende en la vida viene después, cuando te alejas del pupitre y le das la espalda al encerado. Es en ese momento cuando interiorizas lecciones que quizá no tengan reválida más adelante. Y mientras tanto suele ocurrir que vamos perdiendo integridad por el camino. Lo genuino escasea, vivimos encorsetados, mecidos mansamente en la autodisculpa. Vivimos la robotización del alma. Gente que ya ni levanta la cara del whatsapp para ver quién entra en el vagón (hemos perdido hasta la curiosidad), cenas y comidas donde te sientes un convidado de piedra porque el personal mira más la pantalla de su móvil que los ojos del tipo que tiene delante. Nadie nos enseñó a vivir, no, pero tampoco veo mucho interés en aprender esa lección fundamental. Twitter es la metáfora perfecta: 140 caracteres. ¿Para qué más si ahí cabe al parecer (tristemente) todo lo que somos? Tendemos a la jibarización, acorde a nuestra verdadera medida.

    • Fernando Solera

      Gracias por tus cariñosas palabras, Domingo. Sólo puedo suscribirlas. En mi caso te animo a que sigas haciendo lo que te guste, aunque no siempre seas comprendido, querido amigo. Un abrazo.

  • Hemos desarollado, y potenciado, un tipo de Sociedad en la que prima el engaño. Hay que ser “así”, de esa manera, y el que no lo sea no va a tener “exito”. Claro está, que ese “exito” social al que me refiero, no tiene nada que ver con la satisfacción personal de ser de verdad como uno es.
    Experimenté en mí mismo la incomodidad del fingimiento y se me hacía insoportable. Y aposté hace mucho tiempo por intentar ser como lo que creo que soy. No me ha resultado difícil, incluso en el proceloso mundo laboral que ya he abandonado. Esta manera de vivir, me ha hecho sentirme un tipo normalito y me ha proporcionado la libertad de expresarme (y de equivocarme) con mucha libertad. También esta actitud me ha permitido observar con muchos menos prejuicios al resto de personas. Y ser mucho más feliz.
    Coincido plenamente contigo en la magia de cada instante. Cada día me digo. “Hasta hoy he llegado, mañana, ya veremossi llego”
    Muy buen post.
    Un abrazo

    • Fernando Solera

      Has experimentado la libertad, Armando, y eso ya es mucho. Lo importante es que has llegado a una etapa de tu vida madura en que ya no aguantas determinadas cosas, lo cual está muy bien. El mundo está lleno de amargados políticamente correctos. Gracias por tus palabras. Un abrazo.

  • Sergi

    Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo… Decía el refrán. Pues bien, prefiero ser yo mismo y mostrarme como soy para, al fin y al cabo, no caer en el autoengaño. Ser coherente con uno mismo a veces hace que alguna situación cotidiana pueda resultar in cómoda pero lamentablemente hoy todo el mundo mira su ombligo así que a veces no queda otra que reafirmar ser uno mismo porque al fin y al cabo nos pasamos cuentas a nosotros mismos. Eso sí, sin hacer daño a nadie. Por otro lado nos hemos vuelto en mi opinión seres que nos comunicamos por la tecnología que nos ha hecho algo más solitarios, si cabe. Me gustaría poder retomar el contacto con viejas amistades que cayeron por el camino pero ahí seguimos en nuestros mundos…
    Me alegro Fernando que te hayas decidido a escribir de nuevo y que podamos seguir compartiendo impresiones. Hasta pronto!

    • Fernando Solera

      Gracias por tus palabras, Sergi. La verdad es que sólo puedo suscribirlas. Nos hemos robotizado demasiado, la tecnología se nos sale por las orejas, y el contacto físico parece que ya no tiene valor. La tan maravillosa como triste película HER aborda maravillosamente este tema. Un abrazo y hasta pronto.

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