Berlanga y el cura de Pasapoga

Berlanga ha muerto, pero lo ha hecho de muy mayor, y tras haber dado lo mejor de sí mismo hasta el último momento, como hemos visto en el anuncio de Médicos sin Fronteras: un gesto de justicia poética poco antes de mandar a revelar la película de su vida. Su cine fue sanador porque nos redimía de nuestras tragedias, con ese humor suyo tan característico que pese a ser tan español, era también universal. No olvidemos que todos los seres humanos compartimos miserias, deseos y frustraciones. Berlanga fue el cirujano que con su bisturí, rociado del ácido clorhídrico azconiano, supo abrir en canal nuestras conciencias, pero siempre trasluciendo comprensión y ternura por unos personajes tan reales como la vida misma. Seguramente por eso algunos de ellos hoy son inmortales.

En una entrevista narró esta descacharrante anécdota sobre la censura. Los guiones tenían que ser revisados antes del rodaje, y a él le tacharon la secuencia inicial de uno cuyo texto rezaba así: “Plano general de la Gran Vía”. Su estupefacción fue absoluta. No entendía que le exigieran suprimir una toma de esa conocida calle madrileña. Posteriormente le explicaron el motivo que adujo el censor: “Conociendo a este director, seguro que incluiría en ese plano a un cura saliendo de Pasapoga” (una conocida sala de fiestas). Berlanga se lamentaba jocosamente de que una idea tan genial no se le hubiese ocurrido a él. Y es que el cineasta valenciano poseía el don de la irreverencia y la transgresión (tan ausentes en nuestros días), pero con la sutileza necesaria para enmascarar humorísticamente las verdades más graves.

Sus mejores películas fueron precisamente las que tuvieron que esquivar a la dictadura. En sus clásicos planos-secuencia solía incluir alguna maldad, que podía pasarle desapercibida a la censura porque ésta andaba ocupada en velar por la decencia. Gracias a dos magistrales guiones de Rafael Azcona logró denunciar la hipocresía de los ricos con los pobres del franquismo (Plácido), así como rodar un feroz alegato contra la pena de muerte (El verdugo). De esta última, los censores no advirtieron que su protagonista se pasaba la película negándose angustiadamente a ejecutar a nadie, aduciendo que “él no era ningún asesino”. Pero bajo ese despiadado humor negro, se ocultaba una gran empatía por esos desgraciados que sólo deseaban ser felices a su manera. Eran los bienaventurados de un régimen, alimenticio y sexual, impuesto por quienes evitaban que el pueblo pecara con los placeres de la vida, no les fuesen a gustar. Berlanga supo reírse de todos esos moralistas de salón, mirando tras el objetivo con sus ojos azules de eterno niño travieso, que se han cerrado tras abrir los nuestros a esa España en blanco y negro.

6 comentarios

  • En estos casos en que se escriben tantas necrológicas en todos los medios, resulta difícil aportar nada nuevo. Pero este artículo tuyo me ha parecido sensacional en su visión del personaje y en cómo está escrito. Es verdad que Berlanga en plena dictadura hizo magistrales películas con un agudo trasfondo de crítica social. ¡Ah!, impagable la anécdota del censor.

  • Se ha ido uno de los grandes que se atrevió con todo y fue un maestro del sarcasmo y la ironía.
    En el XLSemanal ha aparecido su última entrevista.

  • Quizás el temor del censor tuviera algún ingrediente personal añadido. Tanto Pasapoga como York Club (otra sala de fiestas cercana) fueron frecuentados en su momento por más de un cura disfrazado. Y por tantos y tantos meapilas de entonces, cristianamente casados con sus santas esposas.
    Un abrazo

  • “El Vedugo”. NI uno sólo de los directores de hoy en día en España podría hacer dicha película. un abrazo.

  • Ayer por la noche pasaron “Plácido” por La 2 y la volví a ver por enésima vez. Nunca me canso de repasar según qué filmografías. Berlanga fue siempre una explosión de talento, un guasón audaz e inteligente como pocos. De lo mejor que tiene España para exportar.

  • Mayte

    A mí la anécdota del Pasapoga me ha encantado, al igual que la mayoría de películas de este genio. Plácido también es muy buena, aunque hubiese quedado mejor el título original que Berlanga le quiso poner – Los Bienaventurados -, y que la censura le vetó. A pesar de ello, su mordacidad y la realidad con la que plasmó el cinismo de la sociedad de entonces quedaron bien patentes en dicha película.

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