Cositas buenas: El destino

La entrega del pasado viernes, dedicada a una española y un noruego que tras vivir un apasionado amor de cinco días acaban reencontrándose tras veinte años sin saber el uno del otro, dio lugar a unas muy interesantes reflexiones por parte de los lectores del blog. Dichas opiniones me hicieron meditar sobre el destino, un tema sobre el que tanto se ha filosofado pero del que, a su vez, tan poco sabemos.

¿Está escrito nuestro destino? Yo creo que no. Como leí en una ocasión, es cierto que el juego de la vida nos reparte unas cartas, y que éstas pueden ser mejores o peores, pero la partida la jugamos nosotros. Por tanto, somos nosotros quienes tenemos la última palabra sobre nuestra existencia. Somos nosotros quienes decidimos a dónde queremos llegar. Pero a menudo el problema de muchas personas consiste en que no saben qué hacer con sus vidas, lo que les hace vivir maniatados por la indecisión. En ese caso sólo son como una hoja movida por el viento, seres que nunca llegarán a su destino porque ni siquiera saben cuál es.

El destino, por tanto, no obedece al azar ni a la casualidad. ¿Qué sentido tendría vivir si todo estuviera escrito y careciésemos de la más mínima potestad sobre nuestras vidas? Ya lo dijo Albert Einstein, un genio con unas profundas convicciones espirituales: “Dios no juega a los dados”. Claro que no. Por eso tampoco podemos achacar a la ‘casualidad’ el increíble reencuentro de los protagonistas de la bella historia de amor que vimos el pasado viernes. ‘Casualidad’, en fin, es una palabra demasiado manida y a la que siempre recurrimos para tratar de justificar algo que nos ocurre sin una explicación ‘lógica’.

La filosofía perenne, que aglutina lo que de común tienen las distintas ramas de la sabiduría universal, nos ha explicado hasta la saciedad que son nuestros pensamientos y especialmente nuestros actos, los que forjan nuestro destino. En el caso de la feliz pareja, la explicación está muy clara: en esos veinte años, pese a la distancia y la absoluta falta de noticias, jamás dejaron de pensar el uno en el otro. Ambos se casaron con otras personas pero, en el fondo de sus almas, conservaban intacto el recuerdo de esos días de apasionado amor.

Y es que, aunque hoy desconozcamos cómo funcionan exactamente nuestros pensamientos, está claro, al menos para mí, que ellos son los arquitectos de nuestras vidas. Aquellos pensamientos que están más consolidados en nuestra mente serán los que acabarán condicionando nuestro futuro. Por eso, amigo lector, te sugiero que cuides tus pensamientos, porque haciéndolo cuidarás de tu vida. Así no le tendrás que volver a echar la culpa a la ‘casualidad’ o al ‘destino’ si las cosas acaban saliéndote mal. Contradiciendo al refranero castellano, piensa bien y acertarás.

2 comentarios

  • Yo tampoco creo en el desino en sentido estricto. Creo en la libertad de las personas para tratar de elegir su destino.
    No obstante, hay una serie de circunstancias que nos vienen dadas de forma inevitable y que van a condicionar fuertemente nuestras vidas y nuestros destinos. No es lo mismo nacer en el primer mundo que en el Africa subsahariana (por ejemplo). Y aunque puede darse el caso que ese subsahariano que ha nacido hace unos minutos, con una esperanza de vida (y qué vida) quizás la mitad que la nuestra, llegue a ser Secretario General de la ONU, lo mas probable es que su destino, por mucho que quiera cambiarlo, sea malvivir e incluso morirse de hambre.
    Un abrazo.

    Armando Alonso acaba de escribir CORRESPONDENCIA BANCARIA (II)

  • Mayte

    Dentro del entorno básico en el que nacemos, podemos hacer muchísimo por cambiar nuestra vida. Lo digo con conocimiento pleno de causa, porque yo debería estar viviendo en otra ciudad, con otras personas y en otras circunstancias, y sólo porque yo quise, cambié radicalmente el destino que la vida me tenía deparado casi desde que nací. Indudablemente, todo el poder está en nuestros pensamientos. Te doy toda la razón.

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