De altruistas ancianos y solidarios de salón

“El dinero no cambia a la gente, sólo la descubre” (Francisco de Quevedo)

El jueves, poco antes de cenar, me dispuse a darme un garbeo por internet. Habitualmente las noticias que descubro hacen referencia al anunciado desplome de nuestra economía. Sin embargo, esa noche me tropecé con la de un anciano matrimonio que ganó once millones de dólares en un juego de azar. Lo noticiable no era el premio en sí, sino lo que hicieron con él: donarlo a sus allegados y a instituciones benéficas. La mujer, enferma de cáncer, aseguró que a ellos no les faltaba de nada, y que con tenerse el uno al otro era más que suficiente. Huelga decir que la satisfacción personal que han experimentado estos dos ancianos, tras protagonizar tan generoso gesto, ha debido de ser indescriptible. En el ocaso de sus vidas, han comprendido que las cosas más importantes no se pueden comprar con dinero, así que han decidido donárselo a quienes realmente lo necesitan.

Pero como la vida es una sucesión de contrastes, de luces y de sombras, pocos minutos después leí una noticia que me mostró la otra cara del altruismo. Albert Vilalta, uno de los tres cooperantes secuestrados que fueron liberados a cambio de un rescate que pudo superar los cinco millones de euros, solicita ahora su condición de víctima del terrorismo, por la que podría llegar a percibir hasta 100.000 euros. Después de que su caravana solidaria costara un pastón al erario público, o sea, a nuestros bolsillos, ahora dice que si le conceden la indemnización ésta será destinada a fines humanitarios. Esto ya bordea el recochineo. El señor Vilalta es un reputado profesional con un alto poder adquisitivo, que quiere seguir yendo de solidario, pero a costa de los demás. Con el dinero ajeno hasta el más mezquino puede ser rumboso.

No merece la pena seguir hablando de esta clase de solidarios de salón, que tanto han proliferado en los últimos tiempos. Sólo quería citar esta segunda noticia para demostrar que todavía queda gente verdaderamente altruista, gente que no presume de activista por los necesitados. Quienes van por la vida ejerciendo militancias, suelen ser hipócritas que buscan fundamentalmente engrandecer su ego. En cambio, quienes hacen el bien de corazón, no necesitan fondos públicos ni ONGs. Tampoco necesitan ser ricos. Sólo hace falta filantropía, una palabra que ya suena rara por su desuso, y que viene a decirnos que yo soy tú. Ayudarte a ti es también ayudarme a mí, pues todos formamos parte de una especie humana en peligro de extinción, como el citado vocablo. Sin embargo, todavía nos quedan esperanzas. En el mundo, a cada momento, hay muchas personas como los dos ancianos canadienses que, anónimamente, intentan hacer de este mundo un lugar más justo. A todos los que no caen en el desaliento por lograr él único objetivo que realmente merece la pena, sólo se les puede decir otra palabra: GRACIAS.

8 comentarios

  • ” Quienes van por la vida ejerciendo militancias, suelen ser hipócritas que buscan fundamentalmente engrandecer su ego”.

    Engrandecer su ego y quizás también, estimado Fernando, esconder su autoodio debajo de una alfombra de hipocresía.

    Lo del Alberto Villalta y el resto de multicultis, giligropres y pijiguays vividores i parásitos del sistema, no tiene nombre. Como mínimo parece ser que todo el mundo les ve ya el plumero.

    Salutacions.

  • Jorge

    Totalmente de acuerdo, Fernando.

    Lo del cooperante, que es Director de una empresa que se dedica a la explotación de túneles y, por tanto pública o semipública que, además y de forma totalmente casual, es hijo de un antiguo alto cargo de la Generalitat, es de traca. No contento con que su aventura de pijo de Sarriá (barrio bien de Barcelona) le haya salido bien y gratis, ahora quiere sacar pasta, como buen desagradecido y, cuando trasciende a los medios, dice que es para una buena causa.

    Y, como siempre, la gente viendo a la Esteban, este fin de semana eclipsado por el Papa.

    Emigremos!!!

  • Tristemente, tuve que ver muchos “Vilaltas” a lo largo de mi vida profesional. Gente que vive fundamentalmente de la apariencia, del enchufismo y de lamer culos. Suelen adornar su actividad, en bastantes casos, con unas buenas dosis de “meapilas” (con Iglesia o sin ella).
    Pero también tuve la gran alegría de conocer a más de un filántropo. Gente sencilla, callada, prudente y, en los casos que conocí, no precisamente ricos.
    La pareja de ancianos que comentas no tiene nada que ver con una experiencia personal que yo tuve con una persona llamada Rosa ( http://lacomunidad.elpais.com/armando-alonso/2008/6/12/rosa), pero ese desinterés y la satisfacción personal que tuvo aquélla mujer, me la ha recordado.
    Un abrazo.

  • Mayte

    Yo también estoy de acuerdo con tu reflexión, Fernando. Lo malo de todo esto ¿sabes lo que es? pues que, para mayor pesar nuestro, trascenderá más la villanía y desvergüenza del señor Vilalta que la incomensurable generosidad del anciano matrimonio canadiense, ejerciendo su máxima bondad.

    Es muy triste que las noticias negativas pesen sobre las positivas, pero el mundo es así. Al menos, de esta forma lo hemos construido los seres humanos.

  • Lamentablemente, así es este mundo, las dos caras de la moneda (altruismo y… cada uno que lo llame como quiera) separadas por un segundo, por una hoja, por un golpe de click…
    El cielo y el infierno nunca estuvieron tan cerca.

    Un abrazo.

  • Tienes razón. No me gustan nada las ONG. Creo que profundizan la pobreza más que la combaten. Deberían desaparecer todas menos la Cruz Roja.

  • Anda y que se la pique un pollo, así de claro. Qué pereza de país, de verdad. Es insufrible.

  • josito

    Está claro. Has puesto de manifiesto las dos caras de la moneda. Sigamos el ejemplo de la pareja de ancianos, aunque si no podemos dar dinero, demos lo que podamos: amor, tiempo, solidaridad… Del otro, mejor ni hablar.
    Saludos.

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