De tigres, cerdos y demás personas

Los cuidadores de un zoo asiático han intercambiado las crías de una cerda y las de una tigresa, con el fin de que ésta produzca más leche, pues los cachorros de tigre maman menos que los cerditos. Así salen luego de buenos los jamones. Aunque pueda resultar tan entrañable como sorprendente semejante cruce de crías, hay relaciones humanas muchos más disparatadas, y no las saca a las nueve Matías Prats. Quién no ha pensado alguna vez, por ejemplo, “No comprendo cómo Margarita puede estar con ese cerdo”, acusándolo así de tener una moral de entrepierna un tanto disoluta, o simplemente de contar con una escasa afición por la higiene corporal.

No obstante, hay ejemplares masculinos muy completos. Tanto, que algunos logran reunir en su poco humilde persona ambos dones. Como modelo más recurrente de este dechado de virtudes, podemos citar a nuestro antediluviano macho ibérico, que comparte denominación de origen con los jamones. Y aunque a muchas mujeres ya les gustaría ver la pata de más de un hombre colgada en una charcutería, servidor, que es de yantar más clásico y por ende poco proclive a la nouvelle cuisine, seguiría decantándose por la del cerdo de toda la vida, incluso aunque hubiese mamado de una tigresa. Un macho ibérico que también, haciendo un ejercicio de onanismo tabernario, suele alardear de tigre en la cama. Sin embargo en tiempos pretéritos, con la censura de antaño, los hombres, especialmente de cierta edad, solían ser mucho más sutiles, limitándose a decir que estaban hechos unos chavales. O sea, que todavía no se les gripaba el motor. Incluso hubieran osado fardar de estar tan fuertes como la División Azul, caso de que durante el franquismo hubiese existido la pastillita milagrosa del mismo color. Ésos sí que habrían sido patriotas con la bandera izada.

Pero ahora vivimos otros tiempos, y entre la liberación sexual y la femenina, tenemos a cada tigresa suelta por ahí que te podría comer hasta crudo, aunque le pongas cara de corderito y le preguntes si estudia o trabaja, mientras ella se afana en calibrar manualmente tu mercancía. Con esas mujeres ya puedes ir agenciándote un amigo médico, para que semanalmente te extienda recetas de Viagra y Pharmaton Complex. Y eso con suerte, porque siempre puedes acabar en el catre con un antiguo cabo de la legión que ahora, maravillas de la cirugía, tenga una cien de pecho y responda al nombre de María José. Tras semejante trauma lo mejor sería optar por otra clase de pastillas, siempre que no quisieras acabar beneficiándote a la cabra que la otrora novia de la muerte se llevó consigo de recuerdo.

Nadie puede negar que la vida acaba haciendo extraños compañeros de cama, especialmente cuando el amor nos obliga a travestirnos. Si encuentras un amor que te comprende y sientes que te quiere más que a nadie, como canta el bolero, eres capaz de vestirte de lagarterana con tal de hacerle feliz. Pero a veces llegamos a travestirnos tanto que dejamos de vernos en los espejos. Hasta que un día, aleluya, decides ser tú mismo y comienzan los problemas: “Tú no eras así de novios”, “No, si ya lo decía mi madre”… Al final, te ves arrodillado en el diario de Patricia prometiendo solemnemente cambiar, mientras te patrocinan unos batidos dietéticos. Y todo porque aunque algunas veces te consideren un tigre, otras un cerdo y, las menos, un ser humano, tu naturaleza siempre acabará reclamándote el único alimento que no entiende de géneros ni de especies: el amor.

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