Dos músicos callejeros

Todo hacía pensar que esa mañana iba a ser como tantas otras, pero la vida se ocupó de ponerme en mi sitio, sacándome de tan imperdonable y recurrente error. Zaragoza había amanecido vestida de otoño, y su Paseo de Independencia volvía a ser la avenida por la que cientos de conductores y viandantes transitan como autómatas, sin tiempo para contemplar la belleza que a menudo camina junto a nosotros, y que tan sólo reclama un minuto para que nos detengamos a disfrutarla. Así sucedió el último sábado, cuando un violín y un contrabajo obraron el milagro de la música ante los pocos que, por unos instantes, fuimos tan valientes como para quitarnos las orejeras y detenernos en nuestra carrera de siempre. Siempre hacia ninguna parte, siempre con prisas.

Me sentí extraño deteniéndome por una vez entre el imparable gentío, dejándome embriagar por las notas que con una armonía sublime nacían de esos dos viejos instrumentos. A todos los que tan ausentes caminaban a mi alrededor, de buena gana les habría pedido que compartiesen conmigo un momento tan mágico como el que tenía la fortuna de estar viviendo. Uno de esos por los que intuyes que merece la pena estar aquí. Pero desgraciadamente no me atreví a tanto. Sin embargo, me encantaría que alguien misericordioso sí se atreviera a hacerlo conmigo, cuando me vea un día de tantos vagando por la vida, ajeno a cualquier semilla de belleza que siempre está dispuesta a brotar ante nuestros ojos, por muy lejana que se nos prometa la primavera.

Sé perfectamente que tardaré en olvidar esa mañana de otoño en Zaragoza. La mañana en que el cierzo mecía con su habitual rudeza una hermosa partitura que Morricone compuso hace veinte años para el cine. Una mañana de tantas que, por la generosidad y el talento de dos músicos callejeros, acabó convirtiéndose en una escena que bien podría haber sido filmada en el paraíso.

6 comentarios

  • Hola Fernando, bonito artículo.
    Parece mentira, pero en medio del asfalto de una gran fábrica, puede crecer una minúscula porción de vida. Lo que cuentas aquí a mí me da escalofríos, porque creo que es la prueba de dónde vivimos: en una sociedad orwelliana, cada vez más de ciencia(o realidad)-ficción, donde la belleza empieza a ser sólo un oasis.
    Un saludo.

    Javier Solera acaba de escribir El error de ‘El Follonero’

  • Fernando, me ha encantado tu artículo. Te felicito por haber sabido captar la belleza que nos rodea y que no apreciamos por ese sistema de vida tan ridículo que llevamos.
    Tengo la gran suerte, desde hace nueve años, de haber cambiado de sistema de vida. Hoy, cuando voy por una ciudad, observo a la gente y disfruto de la gente. Quedó atrás ese tiempo de prisas y de stress que solo me permitía ver semáforos rojos o verdes, un reloj que siempre iba más aprisa de lo necesario y otros conductores que siempre tenían la culpa de todos mis errores.
    Entiendo perfectamente tu sensación de esta mañana, porque tengo la gran suerte de sentirla muy a menudo.
    Un fuerte abrazo.

    Armando Alonso acaba de escribir CORRESPONDENCIA BANCARIA (II)

  • Como todas las ciudades, Zaragoza tiene eso. como pequeños puntidos de arte en medio del asfalto. Y cierzo, demonios.

    Mike acaba de escribir MERCADO, LIBERTAD, INTERVENCIONISMO.

  • Si hay belleza en este mundo es porque gente como tú, amigo Fernando, es capaz de verla, apreciarla y valorarla. De otro modo, todo sería fealdad. Envidio sanamente el goce y el deleite que experimentaste, porque lograr esos momentos y reconocerlos cuando suceden es cada día más difícil en este frenesí constante en que nos movemos. Enhorabuena.

    Domingo acaba de escribir Camorra

  • Un post bellísimo, y de una sensibilidad conmovedora.
    Un saludo.

    natalia pastor acaba de escribir No hay manera

  • Mayte

    Preciosas tus palabras en este artículo tan extraño en los tiempos que corren. Acostumbrados a las malas noticias que se divulgan por todos los medios, la poesía de tus palabras me ha abstraído por unos instantes de la locura y el caos cotidiano.

    Gracias por algo tan bonito y por tu sensibilidad. Espero seguir leyendo de tu pluma artículos tan bellos como éste.

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