El calor del amor en un bar

En los ochenta Gabinete Caligari hizo el agosto con esta canción, aunque los calores detrás y delante de la barra están garantizados en cualquier mes del año. Detrás, porque las máquinas frigoríficas irradian unas temperaturas considerables, y delante, porque con cuatro copas de más el personal siempre se viene arriba. Muchos de nosotros, sin un par de ellas, seríamos incapaces de arrancarnos, y así poder aspirar a mojar esa noche. Un amigo mío de la universidad se tomaba un pacharán antes de cada examen para relajarse. Creo recordar que por ese método logró aprobar Estadística con un seis. Como le perdí la pista puede que ahora sea un sesudo estadístico o un descerebrado alcohólico, aunque ambas posibilidades no sólo no son incompatibles, sino que en muchos docentes son perfectamente complementarias. Pero como ahora somos muchos más finos, y el copazo de pacharán o de cualquier bebida rebosante de etanol está mal visto, lo hemos sustituido por el orfidal debajo de la lengua, que sabe bastante peor que el citado licor navarro.

Si al calor inherente de los bares añadimos el de las calles en verano, hay una bebida que nunca falta en las terrazas, chiringuitos, veladores y demás asentamientos alcohólicos al aire libre: la cerveza. Transportémonos por un momento a Granada en el mes de julio, con 42 grados a la sombra. Pocos placeres terrenales son comparables al de tomarte allí una caña de Cruzcampo. Sólo de pensarlo se me empaña el monitor. Pero qué sería de esa caña sin su clásico acompañamiento, la tapa. Yo, como muchos de mis conciudadanos, si veo que un bar ofrece tapas roñosas o directamente no se estilan en dicho establecimiento, lo incluyo en mi lista negra de estrellados, como la de Michelín, pero en bares clausurables. En cambio, los bares que están siempre hasta arriba son aquéllos que acompañan la impagable caña, que por muchos años nos la guarde Dios, con unas tapas que hagan honor al mejor invento de los egipcios.

Esos montaditos de calamares o de lomo, esas tostas de paté, esas gulas con tomate, ese soberano pincho de tortilla o esos torreznos, que tras comerlos les rezas un responso en memoria de tan suculento cerdo, implorando a Dios que su prole le haya salido igual de sabrosa. Vosotros también podréis añadir mil y una tapas, pues a lo largo de nuestra geografía hay miles de bares que, aunque jamás aparecerán en ninguna clasificación gastronómica de alta alcurnia, logran hacer felices a mucha gente. Especialmente ahora, en pleno verano, cuando un bar con sus buenas cañas, o sea, todas menos Águila, y con unas tapas generosas y de postín, es el mejor remedio para combatir el cambio climático.

Un comentario

  • Anonymous

    No es que entienda mucho de cerveza y de las marcas que hay en el mercado, pero me encanta bien fresquita en verano. Y por supuesto, si además la acompañan con una buena tapa, la felicidad es completa. En mi ciudad, Zaragoza, eso de la tapa no se estila, aparte de que no saben tirar las cañas pues te las dan siempre sin espuma, burbujas y con una gran apariencia a un líquido caliente cuyo nombre no quiero mencionar para no herir al personal. VIVA LA CERVEZA. TANA

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