El día que Contador fue Massiel

Da gusto ver lo pronto que desempolvamos las banderas rojigualdas y ponemos pilas a los megáfonos cuando un español gana cualquier competición. Y da igual que sea deportiva, musical o un vulgar reality show. Enseguida sacamos sábanas viejas del armario de la abuela, que guarda de la guerra por si viene otra. Con ellas diseñamos ingeniosas pancartas con que poder chupar cámara cuando el héroe local asome su gloriosa jeta en el aeropuerto. Que se lo pregunten a Alberto Contador. Hace un mes era un completo desconocido. Hoy cuenta con millones de incondicionales corresponsables de su éxito.

Una señora, a la que deberían de haber distorsionado el rostro por si la reconocía algún familiar, caso de que se hable con alguno todavía, lo resumió en pocas palabras por televisión: “Estoy muy contenta por haber ganado el Tour, porque es un poquito de cada uno de nosotros”. A mí me resulta difícil imaginarla, como al resto de la forofada, pedaleando en las contrarrelojes y en los puertos como lo ha hecho Contador. Aun así, ellos sienten que han ganado el Tour, aunque sólo lo haya ganado quien lo ha sufrido sobre la bicicleta, y no sus todos improvisados palmeros. Seguramente muchos de ellos ni habrían pasado el control antidopaje.

Las eufóricas imágenes que estamos observando en estos últimos días, recuerdan a las que también vivió Massiel hace casi cuarenta años, cuando ganó (perdón, ganamos) el Festival de Eurovisión. El triunfo de la tanqueta de Leganitos también logró levantar la moral de la tropa por unos cuantos días. Hoy como ayer, los gerifaltes se sacan la foto con el ganador, al socaire de su gloria. Como ejemplo, malo, tenemos a la presidenta de los madrileños, que levantó los brazos enfundada en el maillot amarillo, quizá imaginando que pasaba bajó la pancarta de una meta denominada Moncloa. Sea como fuere, que conste que la señora de la que hablaba al principio no era Esperanza Aguirre, aunque bien pudiera haberlo sido.

Cuando Induráin por tradición ganaba el Tour era otra cosa. El rocoso e impenetrable navarro nunca acabó de conectar con nuestra idiosincrasia. Él, con la prodigiosa ayuda del doctor Sabino Padilla, hizo de su cuerpo una maquinaria perfecta. Tanto, que quizá esto provocó que muchos acabásemos viendo a Induráin como un ciclista alemán, pero monocéjilo. Los inventores de la siesta tenemos que dejarlo todo para el último momento, por eso los campeones agónicos siempre congenian mucho mejor con la afición. Sólo los chicos del baloncesto triunfan sin hacernos sufrir, pero sólo porque no conocen los desmoronados muros de nuestra historia pues estudiaron la ESO. Massiel ganó por un punto y Contador por veintitrés segundos. Ésa es la verdadera tradición de un país que celebra como propios éxitos tan efímeros como la gloria de sus protagonistas.

2 comentarios

  • Anonymous

    Casi ni me he enterado de lo de Contador, lo siento. Lo que sí es cierto es que los españoles nos apuntamos a cualquier celebracion, sea la de la vecina del quinto por haber dado a luz quintillizos o la del pobre del primero, que sufre el síndrome de Diógenes. TANA

  • Fernando Solera

    Jajajajajajajaja

    Es cierto, Tana. España y yo somos asín.

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