El mundo ya no nos necesita

Si por arte de magia España desapareciera mañana de la faz de la tierra, pocas lágrimas echarían por nosotros porque, aunque nos desagrade leerlo, el planeta no nos necesita. Nosotros no fabricamos productos de consumo masivo, lo que provoca que en el final de esta era nos estemos revelando como un país prescindible. Lo que hemos estado produciendo hasta ahora (básicamente ladrillos, hostelería y turismo) podía gozar de cierto éxito en una época de vacas gordas, pero en una crisis sistémica como ésta, esos sectores están condenados a la debacle.

Los ladrillos, desgraciadamente, no se pueden exportar. Es más, decenas de miles de guiris están desesperados por huir de aquí, achicharrados como están por las hipotecas de unas viviendas por las que cada año que pasa pagan más y valen menos. En cuanto a la hostelería, sabemos que ésta vive del cachondeíto nacional y los cosacos a la brasa. Pero el salario, el paro y el PER ya no dan para más. Por eso estamos sustituyendo el cine por La Noria, el restaurante por el microondas, y la penúltima en el local de moda por el garrafón en un chamizo de donde todavía no nos ha echado un juez. Y en cuanto a nuestros socarrados turistas extranjeros, ya sólo nos queda el recuerdo de un país que por una noche se creyó mejor que ellos. Ahora debemos recoger los vidrios rotos que nos han dejado todos los que se han marchado para no volver, y además pagarlos.

España tiene que cambiar su modelo productivo, porque los nuevos tiempos ya no permitirán sacar tajada al sol, las corridas de toros y las raciones de chopitos. Por eso no estaría mal que de una vez nos pusiéramos a fabricar algo realmente útil. Debemos olvidarnos cuanto antes de la fiesta en la que vivimos instalados durante muchos años, y a la que nos invitaron quienes ahora no nos dejan apurar ni el culo del último cubata. Al menos hasta que no empecemos a pagar lo que debemos. Nos llegamos a creer tan importantes como para casi (casi) alternar con quienes venían aquí a vaciar su cartera cada verano. Sin embargo, sólo hemos sido como los idiotas de la cena, a los que inicialmente se agasaja para después reírse de ellos.

Y mientras todo esto ocurre, el gobierno, los sindicatos, los grandes empresarios y, cómo no, nuestros pobres banqueros, apenas pueden ocultar por más tiempo el plan con que van a terminar de expoliar el país. Los españoles hemos sido sus tontos, sí, pero tontos muy útiles. Porque mientras que en La cena de los idiotas sólo pretendían burlarse de unos desgraciados, a nosotros, además, nos han arruinado. Pero como dicen que hasta los más tontos hacen relojes de madera, probablemente haya llegado nuestra hora. La de que dejemos de ser los idiotas de quienes tanto se han reído, y, sobre todo, a quienes tanto han robado. Salvo que optemos por seguir poniendo la cama.

Share on Facebook0Share on Google+0Tweet about this on TwitterPin on Pinterest0Email this to someone

6 comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *