El perro no muerde

Si ya lo decía Campoamor: “En este mundo cruel nada es verdad o es mentira, todo es según del color del cristal con que se mira”. Ahora, probablemente, no se limitaría a llamarlo cruel. Lo que sí parece irrefutable es que, como entonces, todos tenemos nuestro punto de vista y también todos, casualmente, tenemos siempre la razón. Sobre todo si al lado se tiene un perro que avala tus opiniones con sólo mostrar su gingivitis al resto de contribuyentes del vecindario. Resulta muy agradable ir por la calle y que un perro se te acerque con cara de malas pulgas, pese a su collar antiparasitario. El dueño te dice que sólo quiere jugar, aunque tú le ves un perfil de hijueputa que no te gusta un pelo. Sólo cuando ya ve que su perro empieza a ponerse la servilleta, se descuelga con la frase favorita de todos los dueños: el perro no muerde.

Eso, señor mío, es como decir que el toro no embiste. Solemos cogerles tanto cariño a nuestros animales domésticos, que muchas veces ese mismo afecto nos ciega, y luego pasa lo que pasa. Es lo que sucede también con el entrañable personaje de la suegra, como me gusta llamarlas con cariño. Estos seres, desconocidos durante el noviazgo, irrumpen con fuerza en tu vida en cuanto acaba Paquito Chocolatero. Es cierto que algunas salen buenas, como los productos de los chinos, pero cuánto se aligerarían los juzgados si la mayoría de las suegras dejasen de banderillear al hijo que han ganado por no perder otro. Esta afición suya tan ancestral, implica siempre el comienzo de las divisiones de opiniones en miles de matrimonios. Mientras el hijo biológico considera que su madre siempre ha merecido la dos orejas, el político se conforma conque no sean las suyas.

Pero nada de esto es comparable al momento en que el entrañable personaje se convierte en abuela. Sus nietos, especialmente si son hijos de la hija, se convierten en el non plus ultra. Esa pasión de abuela acaba siendo contagiada a los padres de las criaturas. Hasta tal punto, que si el niño regresa de la escuela con un trofeo auditivo, a los padres les faltará tiempo para presentarse en el colegio con el perro, y a veces hasta con la suegra, protestando por la poca higiene del centro. A ver si les van a infectar al niño, que va para premio Nobel. Si se descubre que la oreja es de otro niño, reprenderán a éste por dejarse olvidados trozos de sí mismo. Y si es del profesor, los agraviados padres exigirán su despido para que, ya puestos, su modélico hijo lo sustituya.

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