Espanis fámili

En un colegio granadino se acaba de poner en práctica una singular iniciativa, dentro del Plan de Fomento del Plurilingüismo impulsado por la Junta andaluza, consistente en que los padres aprendan inglés en las aulas de sus hijos. En un principio, una medida como ésta sería positiva, pues pretendería implicar a los padres en la pésima educación de los alumnos españoles. Pero también podría ahondar aún más en la tradicional incomunicación entre los progenitores y su prole.

Ahora, si el niño no quiere hacer los deberes, puede decirle a su padre “ai don jav jomgüerk tudei”. Éste, a su vez, para demostrar que también sabe idiomas, le respondería “ja guar yu”. Y el hijo, que es menos tonto que su padre pues ha salido a la madre, zanjaría tan políglota conversación con un “fain, zanks, and no distur me enimor, so tocapeloteision”, para seguir jugando a la plei, mientras el padre se marcha todo ufano musitando por el pasillo “ai am de fader of de boy more listo of jis clas”, tras comprobar lo bien que domina su niño la lengua de Saquespeare.

Si siempre se ha dicho que los chavales saben latín, por su innata destreza para torear a sus padres despacito y de salón, los de ahora saben inglés además de anatomía aplicada, que las humanidades ya sólo sirven para la hostelería. Las adolescentes, por ejemplo, tienen un concepto del diafragma muy distinto del que tenían sus madres, cuando éstas lo estudiaban en el libro de Naturales que llevaban en una carpeta del Superpop, y se tapaban sus turgencias con las jetas de los Pecos. Y es que las jóvenes españolas del siglo XXI son las suecas de los sesenta, por eso lo de aprender inglés llega con cuarenta años de retraso, ahora que se ha retirado Alfredo Landa.

Los tiempos han cambiado, sin duda, pero también en su sentido cronológico. La España de cuando entonces era de muchachas en casa poco antes de que den las diez, que trovaba un formalito Serrat antes de cantarnos por alegrías. En cambio, hoy, a una madre le dan “las ten, las ileven, las tuelv, la uan, las tú y las zrí”, rezando para que a su hija no le roben también el mes de abril. Al menos, este nuevo bilingüismo casero va a servir para que, cuando al día siguiente le vuelva a pedir más dinero para irse de marcha, la madre también pueda hacerse la sueca, aunque no se parezca a Anita Ekberg ni en su fámili gocen de una dolce vita o suit laif. Por eso, probablemente la progenitora se limitará a un lacónico “aim sorri, bat güi jav nou mani, mai dooter”, a lo que la niña responderá, como siempre, encerrándose en su cuarto de un portazo, donde se acordará de los hijos de la Gran Bretaña y de nuestra economía de champions lig.

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