Estrés

Seguramente si a tu bisabuelo le hablasen de esta palabra, estrés, se quedaría tan atónito como si le comunicasen que hemos cambiado los reales por euros, o que con un ordenador él podría hoy hablar, recibir fotos y hasta ver mediante webcam a esa macizorra que lo tenía berraco perdido y que se largó con uno que vino en un barco de nombre extranjero. El asombro de tu bisabuelo sería totalmente normal, porque primero tiene que surgir la realidad y luego la palabra que sintetiza dicho concepto en nuestras mentes de laboratorio. Supongo que Edison primero inventaría el globo de cristal que alumbra mediante electricidad, y después lo bautizaría con el nombre de bombilla, tras perfeccionar una idea sin patentar de un ingenuo británico.

En cambio hoy, cualquier niño podría explicarte perfectamente el significado de esta palabra mientras juega a la Play. Para que luego se quejen de que el sistema educativo sólo busca criar borregos. Es más, no sólo lo conocen, sino que también lo padecen en alto porcentaje. Por tanto podremos convenir que en este terreno hemos avanzado mucho, pues mientras que en la prehistoria nuestros antepasados sólo vivían estrés en situaciones excepcionales y siempre en lapsus de tiempo muy cortos, hoy, niños y adultos, pasan el día cabeza abajo en la montaña rusa de sus modernas vidas. Esta delirante realidad parece menos importante para la ciudadanía que el precio de un café presidencial, pues además como está demostrado científicamente que el estrés acorta la vida, menos gente para cobrar las pensiones y eso que se ahorran quienes nos pastorean.

La gran mayoría de los expertos en este mal, consideran que la mejor salida para el estrés es pelear o huir. Estoy convencido de que ambas ideas se te han pasado por esa cabeza, que te estoy viendo. Quién no ha tenido ganas alguna vez de tirar por la ventana a su histérica jefa sin vida marital, o de mandar a Sodoma al hortera del jefe, cuando te exigen para ayer la cuadratura del círculo a doble espacio. O quién no ha deseado, camino del trabajo, salir corriendo despavorido, parar un taxi y preguntarle lo que vale una carrera hasta Perpignan. Cuánto se ahorrarían nuestros bolsillos en psiquiatras, psicólogos, ansiolíticos, antidepresivos, antipsicóticos y demás consoladores del alma. Pero claro, esas dos transgresoras acciones están mal vistas, todavía. Si emprendiésemos cualquiera de ambas, o mejor aún, primero el reparto de mandobles y luego la fuga de Alcatraz, nuestra salud nos lo agradecería. Hasta podríamos llegar a disfrutar lo que se siente lanzando una bola metálica contra otra de madera en la arena de un parque.

Pero tranquilos, que está todo muy estudiado y por eso desde la infancia los niños acuden a clases de guitarra, francés, informática, esgrima, etc., de tal forma que los chavales de hoy acaban la escuela sin opción de poder matricularse en CCC. Así, al llegar a la edad adulta, ya están familiarizados con el estrés: eso que llevan ganado. Pasarán a ser un número más del engranaje laboral pergeñado con el loable objetivo de vivir para trabajar. Nos hemos convertido en unos replicantes de aquellos seres humanos que antiguamente trabajaban para vivir. Y aunque no tengamos derechos, nos acercamos a la panacea del pleno empleo. En parte, porque no paramos de dar trabajo a los especialistas que nos dopan para seguir batiendo récords horarios; hemos acabado siendo máquinas humanas de horario laboral indefinido, como un ordenador más conectado las 24 horas al emule. Y es que si tu bisabuelo levantara la cabeza… se la llenarían de antidepresivos.

3 comentarios

  • Anonymous

    Yo he padecido los resultados de un estrés aberrante en mi persona, lo que me condujo a una depresión de caballo y a seis meses y medio de baja laboral. Que yo recuerde, mi abuelo paterno, que durante su vida tuvo mucho curro, jamás padeció algo similar. Será porque podía permitirse el lujo de cantarle las cuarenta a quien fuese, y porque hacía una cosa detrás de otra sin inmutarse, atolondrarse ni estresarse. Y es que eran otros tiempos. Yo quiero retornar a esos tiempos también pero, por desgracia, la sociedad actual camina a un ritmo tan desenfrenado que te tildarían de vaga si lo hicieses. No obstante, viva la vagancia si te evita el estrés y las tortillas de ansiolíticos y antidepresivos que me tuve que tomar yo en mi dolencia. TANA

  • Anonymous

    Ahora ha surgido un movimiento social llamado SLOW, y que trata de paliar todas las aberraciones que en nuestros cuerpos origina el estrés. Será cuestión de apuntarse cuanto antes, no vaya a ser que entretanto, pierdas los nervios, la razón y la salud. Un saludo.

  • Anonymous

    Los daños que el estrés causa en el organismo humano son, como no se controlen, irreversibles. Infartos, depresiones, ansiedades … Debería ser un asunto de interés público (y no el parque de golf de Chamberí, como ha señalado la gran “Espe”), el intentar abortar en las empresas todos los intentos de someter al trabajador a un trabajo sobrehumano y horas y horas extras, mal pagadas cuando se remuneran de alguna forma. En mi empresa, ni mal ni bien, no lo hacen. Se trabaja por el alma de la abuela, pero los medicamentos para superar el estrés y ansiedad corren por cuenta del trabajador.

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