Feliz cumpledías

Una vez escuché a Antonio Gala decir: “No llenes tu vida de días; llena tus días de vida”. Seguramente mañana, o la semana que viene, o dentro de seis meses, será tu cumpleaños. Ese día esperas que se acuerden de ti, te llamen por teléfono, e incluso te digan que te quieren con más vehemencia de lo habitual. Si aún te lo dicen, claro. Probablemente abrirás regalos, soplarás velas, te harán pedir un deseo… Pero al día siguiente, también probablemente, vuelvas a sentir que vives cumpliendo una condena. Treinta y siete años y un día, sesenta y dos años y un día. Evito decir veinte años y un día, porque la juventud, “la única enfermedad que se cura con el tiempo” que dijo Oscar Wilde, no debería de ser todavía el momento de sentir la angustia vital de la soledad acompañada.

Pero una vez más me equivoco. Otra teoría al garete, chaval. Los psiquiatras ya empiezan a reclutar tantos pacientes menores de edad como sus colegas dentistas. Para quedarse con la boca abierta aunque no te vayan a meter el torno. Antes, sólo los padres se deprimían, por el sufrimiento para sacar a sus vástagos adelante. Ahora, los hijos también se deprimen, porque a menudo acaban convirtiéndose en el loquero de sus progenitores. Así no es de extrañar que desde muy jóvenes puedan ser carne de salud mental. Y todo desde que muchos padres estresados, sin previo aviso en el programa de mano, confunden a cualquiera de sus churumbeles con una calavera. Justo cuando el crío había alcanzado el nirvana en una prospección nasal rutinaria, su oportuno padre decide imitar al príncipe de Dinamarca, pero en versión cañí. Eso traumatiza cantidad, incluso sin leotardos.

Quizá nuestro gran problema consista en que este mundo nos venga grande, porque se nos esté exigiendo más de lo que podemos y debemos dar. Sólo somos seres humanos que se equivocan continuamente, deambulando con el alma hecha jirones de miedo y culpa. Pero tú no eres culpable de nada. Por muchos errores y críticas que hayas coleccionado en tu paseo terrenal, al final, sólo quedarán las cosas buenas que hayas hecho. ¿Te has preguntado alguna vez cómo sería la vida de tus seres queridos si tú nunca hubieses nacido? Esta cuestión existencial alumbró hace sesenta años el antidepresivo por excelencia, Qué bello es vivir. Si respondes honestamente a dicha pregunta, descubrirás que hay gente en este mundo para la que tú eres su George Bailey particular. Y seguirás siéndolo porque, a pesar de todo, sabes que eres una persona buena. Quizá así no vuelvas a desear que llegue el día en que hasta tu suegra hablaría bien de ti, y podremos celebrar juntos el de hoy como el mejor de todos. Felicidades.

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