La carta de ajuste

Cuando en España se hacía televisión, la carta de ajuste era la cortinilla catódica tras la que se cocinaba a fuego lento una programación que paliaba la precariedad de medios con ilusión y talento. Igual que hoy, que estamos llevando el ecologismo a tal grado de sofisticación, que reciclamos la basura para convertirla en televisión, como dijo Woody Allen. En aquellos tiempos de carta de ajuste y UHF, los peques éramos facturados a la cama con Calimero (y los más tarras con la familia Telerín). Nunca acabé de entender por qué entonces los mayores se quedaban hasta el final de la emisión, si siempre acababa igual: los acordes del himno nacional acompañando unas imágenes sin calcinar de la bandera española y la Familia Real.

A medida que la democracia fue abriéndose paso entre Tejeros y Rumasas, TVE aumentó sus horas de programación, para regocijo de los adoctrinadores de masas y cabreo de quienes veían las teles por detrás. No debemos olvidar que la paulatina desaparición de la carta de ajuste complicó la tarea de los servicios de asistencia técnica, pues fue creada para facilitar el trabajo a quienes por cambiar un condensador del viejo Telefunken te cobraban 12.000 pesetas de las de entonces y la voluntad. Ahora, los nuevos ventanos de diseño y extraplanos, como nuestros culos y nuestras almas, son tan inteligentes que se ajustan solos, aunque se averían igual. La única gran ventaja es que ya no hace falta hacerse un braguero en una ortopedia de la calle Carretas tras transportar uno de ellos.

Como actualmente se está imponiendo la TDT para ver frituras de basura en diferido, podrían habilitar un canal temático que emitiese permanente la carta de ajuste. Acompañada musicalmente por la programación de Radio Clásica o incluso de Radio Taxi, sería sin duda lo mejor de la parrilla televisiva española. Aunque me imagino que acabarían interrumpiendo a Tchaikovski o Camela, intercalando anuncios de aparatos domésticos de gimnasia o de cremas estéticas de baba de caracol, vendidos por gente que si dejase de sonreír se le saltarían todos los puntos.

Otro Sabina nos cantaría si lográsemos encontrar nuestro manual de instrucciones, perdido entre las facturas del gas y del taller del coche. Descubriríamos alborozados que si recuperamos la ilusión, jamás expirará nuestra garantía. Bastaría con resetear las programaciones automáticas de nuestras mentes, para volver a disfrutar como espectadores de la vida y sus días. Podríamos ver nuevamente la belleza, con su infinidad de brillos, contrastes y colores, sin necesidad de ser ajustados por nuestros servicios técnicos en la Seguridad Social. Pero si seguimos abiertos veinticuatros horas, como un vulgar cajero automático, será imposible el milagro. Hasta la caja más tonta necesita un descanso.

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