La necrofilia

Con los fallecimientos de distintos personajes públicos en los últimos días, ha vuelto a quedar de manifiesto el gusto español por los cadáveres. No hay que olvidar que nuestra fiesta nacional consiste en hacer un espectáculo de la muerte, ya sea del toro o del torero. Ya en la época de los romanos el populacho se divertía viendo cómo los leones se comían a los cristianos y los gladiadores se mataban entre ellos. Ahora en España somos mucho más civilizados, pues desde que Ángel Cristo se retiró ya sólo ruge Bárbara Rey. Además los cristianos sólo son perseguidos por Zapatero, que de león tiene el signo zodiacal y su procedencia.

¿Qué sería de la televisión actual si se suprimiesen los cadáveres? La programación quedaría reducida a la Teletienda y poco más. Los informativos dedican la mitad de su tiempo a hablarnos de asesinatos en Oriente Medio, asesinatos en Irak, asesinatos de violencia doméstica, fallecimientos en accidentes laborales, fallecimientos de gente popular, fallecimientos por desastres naturales, etc. Por si fuera poco ahora ni los deportes se salvan. Y qué decir de los programas del corazón, que se abalanzan sobre los muertos como buitres sobre la carroña. De hecho hay gente mucho más rentable muerta que viva, especialmente para la plantilla de alimañas que esa clase de programas suelen tener en nómina.

La televisión actual vive de profanar las tumbas de personajes famosos. En los últimos años han desenterrado sin orden judicial a decenas de rostros populares. Cuando los malos tratos, los cuernos y los embarazos de los vivos dejan de tener tirón entre la audiencia, desempolvan a los muertos. Y si el cadáver es reciente, mejor. Pero, si tienen la desgracia de que no se les ha muerto nadie últimamente, tiran de archivo y si es preciso te hablan de la fatídica tarde en la plaza de Linares. La muerte de un torero siempre vende más que la de un toro, sobre todo porque la familia del astado luego no puede hacer declaraciones.

Hoy podemos ver en banda ancha la capilla ardiente y el entierro de cualquier personaje popular, tanto en directo como en diferido una y otra vez, mientras nos descargamos música con el Emule. Vemos cortejos fúnebres por la pantalla como quien ve las carreras de Fernando Alonso, pero más despacio y sin el calvo de Telecinco. Es lo que tiene haber hecho de la muerte un apéndice más de la casquería multimedia. La presenciamos como si fuese algo tan virtual como las neuronas de la audiencia.

Un comentario

  • Anonymous

    El morbo le va mucho al personal. Sobre todo si lo ven repantingados en sus sofás, con la cerveza en la mano. Hay que ver lo que vende si es de famosos el deceso.

    TANA

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