La prensa deportiva

La canícula ha llegado este verano acompañada de una gran sequía informativa en el mundo del deporte. Pero en las redacciones ya están manos a la obra para acabar con ella. Empiezan a hablarnos de crisis en el Madrid, cuando Schuster no lleva más de un mes entrenando a los otrora gladiadores de Capello. Hace sólo unos meses esas mismas columnas periodísticas bramaban contra el mal juego del Madrid, y en breve lo seguirán haciendo, asegurando desde sus tribunas que el equipo ni gana ni convence. Son los mismos que echaron al italiano tras ganar una liga y mantienen a Luis Aragonés y Tal como seleccionador. Poco dura la alegría en casa del pobre y del rico, sobre todo si hay alguien empeñado en joder la marrana para vender periódicos.

La prensa deportiva es la suegra de los equipos de fútbol, siendo los entrenadores sus multimillonarios damnificados. Si llega un nuevo técnico a un equipo lo suelen recibir como a un hijo, sobre todo si lo han elegido ellos. Pero como pierda dos partidos seguidos, les faltará tiempo para ponerle la cabeza como el bombo de Manolo al presidente del club. No pararán hasta que se divorcie de semejante gañán, aunque le tenga que dar hasta el rosario de su madre. Estos presidentes nunca dimiten porque son de la especie Maleni, la ministra de Fomento que sólo lo hará si la cesa su presidente. Y claro, como ellos son los presidentes, no se van a cesar a sí mismos. Si la suegra periodística se pone pesada se cesa al entrenador, y ya encontraremos a otro con quien contentar a la canallesca.

A mí me gustaba más la prensa deportiva de antaño, cuando servía a los pescaderos para envolver los boquerones con el careto de Prosinecki. Así, mientras limpiabas el pescado, podías enterarte del puesto en que iba la Ponferradina. Ahora nos enteramos de lo mismo en Internet de manera más moderna e higiénica, sin duda, pero también menos romántica. Porque además, antiguamente, los equipos se abastecían de la cantera, y no tiraban tanto de talonario para fichar a tuercebotas con nombre exótico y difícil de pronunciar. Si por ejemplo saliese bien el fichaje de Ludbanende Atchimoska, el comentarista de turno se vanagloriará asegurándonos que ya lo decía él, por supuesto. Y si saliese mal, el mismo sujeto afirmará sin rubor que hace meses publicó una columna advirtiéndolo. Menos mal que en estos tiempos tan acelerados se ha perdido la costumbre de mirar las hemerotecas, y la parroquia futbolera tiene menos memoria que los inquilinos de un acuario. Quizá por eso hasta se han atrevido a poner a Buyo como comentarista, con un par de balones.

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