La soledad invisible

soledadDurante tu efímera niñez, seguro que en alguna ocasión jugaste a ser invisible. La inocencia de cuando entonces, con nuestros padres, tíos o abuelos como cómplices fingiendo que no podían vernos, nos permitía disfrutar de un  juego que solía terminar con risas. Creíamos desaparecer de su vista por unos instantes, porque la magia infantil  lo hacía todo posible. Afortunadamente en seguida recuperábamos la visibilidad, para recibir un beso o una palabra cariñosa de ellos. Esas personas son vitales para el desarrollo del adulto que naturalmente germina de cada niño. En esos años eras feliz sin saberlo. Cuando más adelante empiezas a cuestionarte tu felicidad, significará que la perdiste sin darte cuenta. Podemos llamarlo felicidad, entusiasmo, ganas de vivir o como tú prefieras. Cuando vives con plenitud jamás te planteas cuestiones filosóficas, ni buscas en libros de autoayuda palabras que te salven del naufragio de la soledad familiar.

Me alegraría saber que tú no te volviste invisible para siempre. Tenía su gracia cuando jugábamos de niños, pero si también has transitado por la pedregosa vida sin ser visto por tus seres queridos aunque te tuvieran delante, comprenderás el tipo de soledad de la que escribo. Crecer, llegar a adulto, siendo invisible para las personas que encarnan tus raíces en la tierra, es una experiencia sin gracia alguna. El niño necesitaba amor, pero el hecho de hacerse mayor no implica que ya no le haga falta, como nadie dejaría de regar una planta porque no vaya a crecer más. Fácilmente descubrirías que se pone mustia, languidece y le abandona el color de la vida que está perdiendo. Pero si no eres capaz de ver a la planta o te resulta más cómodo ignorarla, quedará abandonada a su suerte y que sea lo que Dios quiera.

En la vida se pueden comprar muchas cosas (otra planta, por ejemplo). Se puede conseguir casi todo con dinero, pero no se pueden recuperar ni el tiempo ni el amor perdidos. Si has tenido la suerte de no ser invisible para tus referentes vitales, deberías dar gracias por ello. Porque aunque tengas problemas de todo tipo, al menos no conocerás la oscura soledad existencial de las personas que se volvieron invisibles a los ojos de quienes lo fueron todo para ellas. Se pueden cometer muchos errores en la vida, de hecho algunos somos profesionales del ramo. Pero, por favor, tú no seas tan pánfilo como para incurrir en la mayor de las torpezas: despreciar con tu indiferencia a un ser humano que te necesita. Especialmente si algún día, incluso remoto, significó algo para el niño que aún habita en ti.

7 comentarios

  • Me ha gustado -y me trae muchos recuerdos- esa escena con “nuestros padres, tíos y abuelos”…¡pero qué lejano me parece ya aquello!. Más que por el paso del tiempo (que también) por lo que ha cambiado la sociedad (nosotros) en estos años. Lo que ahora toca son las familias desestructuradas por los divorcios, por el paro o por no poder llegar a fin de mes o porque los niños se quedan solos en casa jugando, eso sí, a la videoconsola, mientras los padres están buscándose la vida (en un sentido o en otro). Muchos niños de hoy no han jugado nunca a ser invisibles con sus padres tíos y abuelos…pero siguen siendo invisibles en el mundo real (no en en el de los juegos) y me temo que lo seguirán siendo, cada vez más en las siguientes etapas y como tú dice, no tiene gracia.

    • Mar

      Y yo me pregunto ¿Quién o quiénes son responsables de este cambio social tan grande? ¿Es fruto del azar? Me inclino más por el no.

    • Fernando Solera

      El tiempo es muy cruel, Emilio. A veces lo ideal sería no tener memoria. En cuanto a lo que comentas de la situación de la infancia actualmente, creo que forma parte de un plan para incompatibilizar la paternidad con el trabajo. Si ambos cónyuges trabajan fuera de casa y tienen horarios imposibles (eso por no hablar de los salarios), ¿cómo se puede tener y críar así un hijo? Cuando tú y yo éramos niños, en la mayoría de los casos sólo trabajaba el marido, y con eso era suficiente para sacar una familia adelante. Ahora, trabajando dos, es casi imposible. En este aspecto, cualquier tiempo pasado fue mejor.

  • Mar

    ¿Y qué es vivir en plenitud para ti?

  • Bernardo

    Hola Fernando, no he dejado ni una sola semana de escuchar tus audios, me cuesta bastante escribir pero esta vez no he podido resistirme a dejar unas palabras para comentar este magnífico relato que nos has regalado.
    Hay dos frases que me han impactado emocionalmente; el no dejar de regar la planta, y el no poder recuperar el amor y el tiempo perdido.
    No quisiera volver a revivir tiempos pasados ya se que es necesario mirar hacia delante, pero sí que me ayuda compartir con los demás algunas de mis vivencias, en ellas están las respuestas a la personalidad que sin darme cuenta fui construyendo de adulto.

    Pequeño relato; La Navidad.

    En una familia muy numerosa y de escasos recursos económicos y culturales…
    “Que nervioso estoy”, viene la Navidad, los Reyes Magos; adornos, villancicos, paz, amor, regalos, comidas especiales . Va llegando la noche -buena y el nerviosismo se acrecienta, no hay señal alguna en casa por la llegada de las celebraciones Navideñas, mis padres no se quieren, se aguantan, se reparten el poco dinero que hay en casa y se lo gastan en bares y en el juego, el corazón se me encoge, siento ganas de llorar, mi abuela me consuela y me ofrece un polvorón, llega la noche mágica y no hay regalos, ni cena, ni cariño, ni consuelo.
    Te dejo solo un ejemplo de más de 14 años viviendo en un infierno. Gracias por la compañía.

    Un abrazo muy fuerte.

    • Fernando Solera

      Buenos días, Bernardo. Ante un relato como el tuyo no se puede añadir nada relevante. Sólo decirte que lamento profundamente que hayas tenido que crecer en un entorno así. Piensa como consuelo que al menos habrá servido para que tú no trates así a tus seres queridos, que no es poco. Es muy duro vivir en un infierno. Yo estuve más de 15 años viviendo en una casa sin apreturas económicas pero con malos tratos psicológicos constantes, diarios, ante la pasividad de mi progenitor. Sólo quien lo ha sufrido sabe la mella imborrable que deja.

      Un fuerte abrazo con toda mi comprensión, Bernardo.

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