La vida es un carnaval

La mentira como herramienta para moverse por la vida

 

Llega el mes del carnaval, el de los disfraces y las máscaras, el momento del año en que nos transformamos en alguien distinto de quien somos. ¿Pero acaso cualquiera de nosotros sabe quién es realmente? Y no me refiero a “soy Menganita, mi profesión es xxxx y tengo xx años”. Nosotros no somos nuestro nombre, ni nuestra profesión, así como tampoco nuestra edad. No somos eso. El ser humano es poliédrico, tiene múltiples caras: unas de luz, otras de sombra. Las caras de luz nos enorgullecemos exhibiéndolas, como los fastuosos disfraces de carnaval; en cambio las otras caras, las de la sombra, reciben ese nombre porque evitamos a toda costa que pongan el foco en ellas. Pero eso no va a impedir que estén ahí, porque igualmente forman parte de nosotros.

Supongamos una persona que, como cientos de millones en la actualidad, se preocupa de ganar seguidores en las redes sociales. Una persona que viva aparentando ser encantadora los 365 días del año. Una persona, en definitiva, que ante los focos del escenario de la vida persiga que iluminen su perfil amistoso, conciliador y amable. Sin embargo, esa clase de persona, aparentemente estupenda, vive en un constante carnaval, como gran parte de la humanidad. Y no porque no pueda ser amistosa, conciliadora y amable, sino porque su sombra, la que permanece oculta bajo una o múltiples máscaras, también forma parte de su personalidad. Nadie quiere mostrar el lado oscuro de su luna particular o el perfil malo en su Instagram. Sin embargo, es importante trabajar esa parte oculta si queremos evolucionar. Ser un farsante con los demás es duro, pero más todavía que lo seas contigo mismo. Sé de lo que hablo.

Desconfiad de quienes vayan por la vida mostrando siempre una cara impecable y alardeen de múltiples virtudes, porque sin duda todos las tenemos, pero huelga decir que también defectos. Si enterramos esos defectos bajo veinte máscaras, si vivimos instalados en la mentira carnavalera, jamás podremos crecer humanamente. Sin duda es mucho más cómodo, también para mí, interpretar una papel en el teatro de la vida para recibir los aplausos del respetable. Pero al final las luces se apagan y la máscara acabará cayendo. No se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo, y menos aún a ti mismo. Engañarte a ti mismo es hacerte trampas en el solitario. Tras esa máscara existe una oquedad tan grande como el mayor de los abismos. Como afirmó en una entrevista uno de los dramaturgos más brillantes de España, el genial Albert Boadella: “Toda la gente que he conocido que presumía de buen corazón, resultaron ser unos hijos de la gran puta.”

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