Las palabras

Un senador del PNV va a solicitar a la Ministra de Educación que en todas las escuelas españolas se impartan el catalán, el euskera, el valenciano y el gallego. El responsable de tan brillante idea responde al nombre de Javier Maqueda tanto en Cataluña, Euskadi, Comunidad Valenciana y Galicia como en una tienda de Todo a cien. Al parecer su única pretensión es conseguir un compromiso serio del Gobierno Central con el plurilingüismo. Quizá dentro de una década hayamos logrado que nuestros jóvenes no sepan hablar en cinco lenguas distintas. A eso lo llamo yo educar a la ciudadanía. No sabrán hablar, pero ayudarán a cruzar a las viejecitas y llamarán señor magrebí a los oriundos de Marruecos.

Quizá lo que persigan nuestros próceres sea que los votantes ignoren que sus políticos son unos impresentables, como si creyésemos ahora que no lo son. Y qué mejor forma de conseguirlo que académicamente, demoliendo un sistema educativo tras otro y, por si quedase algo en pie, dinamitarlo con un plurilingüismo regional. De seguir así, no sería de extrañar que acabemos comunicándonos mediante un tam-tam con bluetooth de serie. Aunque mientras Bill Gates no invente otra cosa, las personas tendremos que apañarnos con las palabras para comunicarnos. Palabras que además son, por suerte o por desgracia, las únicas herramientas de que disponemos actualmente para pensar. La libertad de cualquier ser humano, incluso de un español, depende en gran medida de que pueda articular razonamientos por sí mismo. Y para ello es indispensable que domine a la perfección la lengua con la que piensa, que normalmente suele ser la materna.

Hoy, se estila mucho que nos quejemos de lo mal que está la televisión, pero las audiencias no engañan, como el algodón y el Predictor. Es de suponer que alguien verá Gran Hermano, Escenas de Matrimonio y las salsas de distintas colores que no se cortan ni con ácido clorhídrico. Para más inri, los programadores televisivos esgrimen en su defensa que ellos sólo le ofrecen a la audiencia lo que ésta pide. Pero lo que no dicen es que la clase política tiene un interés desmedido por lograr que la gente sólo sirva para ver el rebaño de Gran Hermano y escuchar el corral del Koala. Fauna toda ella que, por cierto, me pregunto si no hablará en alguna lengua muerta. Aunque aquí lo único que importa, al final, es que el buen ciudadano repita lo que le dice su radio cada mañana, mientras se afeita o depila el bigote, como quien recita la tabla del tres.

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