Madrid de luto

Son las miradas de sus habitantes las que esculpen el retrato de una ciudad, las que permiten que ésta siga viva, aunque sólo sea en el recuerdo. En Madrid ha muerto la mejor de sus miradas, la de su miope cronista oficial. Tras sus gafas de pasta, Francisco Umbral ve por nosotros las bellezas y las miserias, también bellas, de la ciudad de Carlos III y Tierno Galván. Es el testigo literario de las transformaciones de Madrid: de la avenida de José Antonio a la Gran Vía o de la del Generalísimo al Paseo de la Castellana, y del cortejo fúnebre de Franco al festivo del Orgullo Gay.

En más de una ocasión, cerró con el viejo profesor un antiguo bar en Chamberí, apurando copas de anís Machaquito. Tras lo cual, con el alma ya bien entonada bajo sus gabanes, acompañaba a Tierno en las charlas que éste impartía sobre Hegel a los barrenderos municipales, en aquellas castizas madrugadas que olían a libertad y churros. A Umbral le gusta la noche pues en ella emerge el reino de su mundo, aquél que la Iglesia no quiere ver. Choricillas, bujarrones, palanqueros de monóculo, julais, patronas y demás fauna urbana son los personajes predilectos en los que fija la mirada y la prosa.

Umbral es el genio en las teclas de una Olivetti, ametralladora de la palabra de quien refunda el idioma. Su universo literario, como les gusta decir a los entendidos, es el del Madrid castizo de trileros que limpian a quienes no vieron el Cine de Barrio de Tony Leblanc, mientras sus compinches dan el queo o agua cuando aparece la madera. Un Madrid que bajo su caja de cartón esconde a las visitas el poblachón manchego que siempre fue y será. El de la teta de Susana Estrada y el No a la OTAN, los grises repartiendo hostias y el Padre Llanos repartiendo ostias (cada cual a lo suyo), y la estación de Atocha de maletas de cartón y trenes de alta velocidad.

Controvertido como los grandes toreros, Umbral es a Madrid lo que Serrat al Mediterráneo. Es la sensibilidad del pueblo llano puesta al servicio del arte. Al igual que el catalán se metió a cantautor “para tocarles el culo a las muchachas”, el vallisoletano nacido en Madrid lo hizo para, ya puestos, palparles toda su anatomía. Misógino amante de las mujeres, le gustan todas sobre todo si son altas y delgadas, como su madre y Greta Garbo. Y lo escribo en tiempo presente porque Umbral nunca será pasado ya que le espera la eterna posteridad, gracias a cientos de páginas como ésta. Ahora Francesillo podrá descansar mientras disfruta nuevamente de la cutícula que le hacía su madre.

Un comentario

  • Anonymous

    Precioso tu artículo. Jamás pudo sentirse Umbral tan orgulloso de los sentimientos desatados en una persona, aunque sea por su muerte.
    Es magnífico lo que has escrito.

    TANA

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