Nadie es perfecto

Anoche, por gentileza de un vecino, tuvimos concierto de Serrat. El disco no era de los más conocidos, pues no cantaba a Miguel Hernández o a Machado, ni siquiera a Penélope o a Lucía cuando aún creía que eran mozuelas. Sin embargo, esas estrofas del noi de Poble Sec sirvieron para que mi pequeña calle fuese lírica por una vez, ya vale de tanto Camela. Entré ya comenzado en el improvisado recital, pero enseguida me prendé de una canción hermosa y triste, sobre el recuerdo de un amor que pudo haber sido y no fue. Personajes solitarios, vidas cruzadas, calabazas que acaban protagonizando un cuento sin final feliz. La Cenicienta siempre se larga con un potentado que tiene un chalé sin hipoteca en la Costa Brava. Así es la vida, tron.

Amamos, reímos, follamos (poco), lloramos, bramamos (demasiado), y entre tanto unos se meten con Rajoy y otros con Zapatero. Pobres seres humanos, que nos pasamos la vida etiquetando a todo cuanto nos rodea, empezando por nosotros mismos. Al menos nos queda el consuelo de que, a una mala, podremos ganarnos la vida en el Carrefour. Entre nuestras múltiples e inconfesadas aficiones, tampoco podemos obviar la de recomendar la óptica más cercana al pobrecito que no ve que tenemos razón, para luego indignarnos con un viajero que protesta porque con nuestra viga no hay manera de leer el periódico. Progre o facha tenía que ser, el muy desgraciado. Seguro que no se le levanta ni dándole palmas por soleares. Pero quien acaba jodido, y bien, eres tú. Luego vuelves a casa, y la pillas en la cocina, embadurnada de harina. Para que luego le diesen un oscar a Roberto Benigni por decir que la vida es bella.

La vida, es como los matrimonios de la tele pero sustituyendo las risas por sardinas, también enlatadas, aprovechando que no las han subido, todavía. Hoy, probablemente, tu jefe te volverá a mandar para ayer un informe más inútil que él, tus hijos no te llamarán porque no es el día de tu santo, o tu marido te recordará que como mamá cumple años, el domingo tienes que comer paella en casa de tu suegra. Es entonces cuando surge en ti, repentinamente, la tentación de adentrarte en el mercado negro para agenciarte un Kalashnikov sin silenciador. Por una vez que estás dispuesto a liarla, que disfruten también los vecinos de la mascletá, e incluso, si sobra munición, puede que la gastes en ellos, que en la última junta te quedaste con algunas de sus caras. Pero al final, una vez más, te vuelves a acobardar. Mañana será otro día, piensas. Y optas por seguir escuchando las miserias humanas que, bien cantadas, tampoco parecen tan malas.

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