Pontejos y los mamelucos

Históricamente, multitudes femeninas se han repartido codazos, eso sí, por turno, entre sus vetustos mostradores de hilos, piedras y todo tipo de abalorios. Pontejos, situado muy próximo a la Puerta del Sol y al lado de la Presidencia de la Comunidad, es el almacén de mercería más famoso de Madrid, así como uno de los comercios más antiguos de la ciudad. En torno a la fuente de la plaza que da nombre a este establecimiento, y ajenos al trasiego de reyertas femeninas por un quítame de ahí ese varojki, matan el tiempo los escoltas de los gerifaltes madrileños. Allí departen sobre lo bueno que es Casillas y lo duros que son los postes en el Calderón, sobre todo para los delanteros del Atleti, mientras los acompañantes de las apasionadas clientas esperan sentados en los bancos de esa pequeña plazoleta, constatando la gran clase del parque automovilístico del Gobierno madrileño, y viendo pasar la vida con Chambao por gentileza de los Reyes Magos y el Emule.

A escasos metros, desde su despacho y a vista de pájara, la presidenta de los madrileños podría observar, si lo tuviera a bien, a un pueblo remendado y superviviente en lo poco que va quedando de aquella ciudad que un día creyeron amar creyéndola hermosa, hoy llena de costurones y ajena a sus gallardonescos vodeviles. Si lo tuviera a bien, también podría contemplar a manteros entrenando a los municipales; a un indigente con su desvencijado carro de la compra impulsado por el etanol del tintorro; y a una puta negociando el precio del caliqueño, negándose a bajar su bandera con un descuento del 20%, por mucho que el cliente alegue el desplome bursátil, que ella compró Endesas con Pizarro y le fue muy bien. Cuando hasta las putas han dejado de creer en el socialismo, lo tuyo es mío y lo mío también, mal andamos.

Mientras cada día las mañosas se devanan los sesos en Pontejos, haciendo encajes de bolillos para estirar las nóminas y que así pueda resultar más presentable el traje de los domingos, allí mismo, justo enfrente, también se devanan los sesos y hasta los higadillos, pero con navajas albaceteñas, por conservar un Audi de cristales tintados. Tras ellos podrán seguir manejando impunemente los hilos de las marionetas que se mueven a sus pies, y que repiten sus soflamas como buenos ciudadanos cada vez que les dan cuerda. Y así seguirá ocurriendo mientras las mujeres, y también los hombres, sigamos optando por ser el rebaño que sólo se concentra para ir a las rebajas, al fútbol o a las manifestaciones convocadas por quienes han deshilachado nuestros bolsillos, y sólo pisan la calle para llevar una pancarta. Ahora, dos siglos más tarde, los mamelucos somos nosotros. Menos mal que ya no está Goya para pintarnos.

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