Por el humo se sabe…

El pasado domingo, muchos miles de madrileños se despidieron de familiares y amigos a quienes estuvieron gorroneando durante tres días maravillosos. Sus impecables anfitriones, hasta el mismo momento de la emotiva partida, se afanaron en llenar de provisiones el maletero del monovolumen y de chismorreos el viaje de regreso. Así, entre chorizos culares y embarazos no deseados, no hay duda de que hicieron la caravana mucho más amena a la marabunta castiza, la cual siempre ha tenido querencia a tirarse a las autovías, especialmente cuando las Almudenas, solas, celebran su santo un viernes. Eso sí, como penitencia por haberse saltado la procesión de su patrona, el sufrido dominguero madrileño sabe que le espera otra laica a las puertas de su ciudad. Con lo bonitas que le quedan a Rouco.

Cuando el atasco se va diluyendo, bien por agotamiento, bien por la inercia que permite que las cosas acaben funcionando, comenzamos a divisar el cielo ceniciento de Madrid. El nuevo skyline de la capital, que dirían los cursis, se caracteriza ahora por cuatro torres que, incluso en domingo, apenas se pueden distinguir. Sólo desde la distancia podemos contemplar en todo su esplendor esa grandiosa franja de polución que nos separa de las nubes. Quizá ésta sea la viva imagen del purgatorio para unas ánimas que viven diariamente zarandeadas en el metro, el autobús, la oficina, el supermercado y hasta en misa para ser el primero en llevarse una hostia a la boca. A veces me pregunto si el humo que respiramos procede sólo de los motores de los coches y de las calefacciones, o también de nuestros explotados cuerpos.

Para evitarnos más quebraderos de cabeza, que bastante tenemos ya con haber sobrevivido a otro puente, hemos sabido que nuestro filantrópico alcalde nos oculta la verdad sobre la calidad del aire que respiramos. Paradójicamente, a los pocos días de conocerse esta noticia, se le ha llenado su flamante chamizo de ratas. Quizá no exista mejor alegoría para lo que suele ocurrir cuando se soterra la mierda bajo alfombras que no vuelan, pues Madrid no es el lejano Oriente ni Gallardón es Aladino. Como mucho un flautista aficionado, al que en pleno éxtasis musical han interrumpido las inoportunas ratas, justo cuando estaba aplaudiéndose a sí mismo en su despacho imperial. Sus sufridos contribuyentes, mientras, intentaremos seguir sobreviviendo con el consuelo de que, por el santo de las Conchas, podremos volver a fugarnos a un sitio con mejor bienvenida. Aquí nos esperan un Madrid envenenado, los madrileños echando humo, y Gallardón persiguiendo a escobazos por su nuevo Alcázar a las ratas que, como nuestra polución, tampoco se van de puente.

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