Que cambie Rita

Estamos habituados a ver en televisión a hombres y mujeres en busca de una última oportunidad, jurando arrodillados ante la audiencia que esta vez sus promesas de cambio son sinceras; gente que no duda en poner al santoral por testigo de su arrepentimiento, pues aunque ahora somos ateos, nos sigue costando prescindir del San Cristóbal en el coche y el San Pancracio en la lotería. Igualmente, solemos elegir la caída de la última hoja del calendario para redimirnos de nuestros pecados eternos, como fumar o esos kilos de más, pero nuestro éxito suele ser tan efímero, que nos consolamos pensando en que ya queda menos para el año que viene y así volver a intentarlo.

Cambiar es muy jodido, y aunque todos le echamos ganas al principio, acabamos sucumbiendo a la placentera seguridad de seguir como siempre. Sin embargo, y paradójicamente, nunca nos faltan ganas de exigir a los otros que cambien. Cambiar, implicaría mirar en nuestro interior enfrentándonos a nuestras propias miserias. Probablemente también tendríamos que derribar nuestros viejos prejuicios y creencias, partir de cero. Pero eso ya es pedir demasiado. Con lo a gusto que se está aquí afuera criticando a Zapatero y Karmele, nos complace mucho más arrojar nuestros propósitos de enmienda al cesto, junto a la ropa sucia. A nuestra edad ya da tanta pereza cambiar de traje, que aunque nos regalen cuatrocientos euros y estemos en rebajas, preferimos lavar nuestros viejos prejuicios de siempre y orearlos al sol.

Descubrir que hemos podido vivir engañados, engañando, engañándonos, sería insoportable. Para evitar semejante cataclismo, optamos por el cómodo usufructo de pensamientos ajenos, adhiriéndonos sistemáticamente a un discurso prefabricado, ya sea político, social o moral. Elegimos identificarnos con partidos y también con clubes deportivos, sintiendo como propias sus victorias y sus derrotas. Con ellos ganaremos elecciones y campeonatos, pues siempre nos resultará infinitamente más sencillo que ganarnos a nosotros mismos. Conquistarnos, implicaría reírnos de todo y de todos, también de nuestra propia sombra, así como renunciar a ser un gregario de las ideas de unas masas que son tan tolerantes con lo propio como beligerantes con lo ajeno. Pero como en el fondo las tememos, preferimos caer en sus totalitarias redes, opinando como ellas y celebrando juntos que nos lo den todo pensado. Siempre será mejor que sufrir la inevitable soledad de los chiflados que un día se atrevieron a cambiar, y confiaron más en sí mismos que en la convencida multitud.

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