Sábado por la tarde

Si en Madrid no existiera El Corte Inglés, habría que inventarlo. Hace décadas sirvió para que nuestros padres se divirtieran en su niñez con el colosal descubrimiento de las escaleras mecánicas, cuando aquí apenas había edificios con ascensores. Actualmente estos grandes almacenes siguen cumpliendo una gran labor social, tanto para aquellos niños de la posguerra, hoy ya ancianos, como para el resto de su prole. Y es que, en plena canícula estival, los grandes almacenes más populares de nuestro país logran unir a las familias mucho más que las homilías de Rouco Varela, por mucha voluntad que le ponga nuestro arzobispo.

Para tranquilidad de muchos, debo de decir que España sigue siendo católica, apostólica y romana, y más aún su capital, feudo de la derecha desde hace más de una década. Pero con cuarenta grados a la sombra, los fieles prefieren pasar la tarde de los sábados probando el aire acondicionado de El Corte Inglés, a estar escuchando pasajes de los evangelios. Es una cuestión de pragmatismo y de salud pública. Así que ahí los tienes: los padres, los hijos, los abuelos, y hasta un tío de Soria que se ha acercado a visitarlos este fin de semana, de romería por las distintas plantas de estos grandes almacenes. Es lo que se podría denominar ocio gratuito y refrigerado de interior, que la calle está muy peligrosa.

Los niños no disfrutan de la visita como los mayores, pues ellos preferirían pasar la tarde del sábado en un cine de la Gran Vía viendo al ratón cocinero de Disney. Al final transigen a regañadientes, pues el padre les ha prometido que, si se portan bien, les comprará a la salida el DVD del maldito roedor, en el primer mantero que haya de guardia. Una vez sobornada la infancia prosiguen la visita, con parada obligada en la sección de aire acondicionado y demás electrodomésticos de refrigeración. Allí gozan de los aparatos que están en funcionamiento, concluyendo que el año que viene se comprarán uno si baja el euribor, les toca la lotería o heredan del abuelo que llevan a su lado.

También es forzosa la visita a la planta de zapatería, pues tiene confortables sillones desde donde ver a la gente que, como ellos, pasean ociosos por la planta. Y es que mucho andar cansa. Tanto, que si no hay dependientes en la costa, también les puede dar por probar en sus propias carnes los sillones anatómicos y los sofás con chaise-long. Así hasta que se aproxima la hora del cierre, con la satisfacción de haber pasado la tarde en familia, fresquitos, y sin haber gastado un euro. Esto último es un decir, pues mientras los niños madrileños de antes se conformaban con subir y bajar las escaleras mecánicas, los de ahora no se callan hasta que les compras la copia pirata del puñetero ratón.

Share on Facebook0Share on Google+0Tweet about this on TwitterPin on Pinterest0Email this to someone

Un comentario

  • Anonymous

    Debo confesarte que yo soy una de esas personas. En mi casa no tengo aire acondicionado y esto que tú cuentas ahora, yo lo he hecho en alguna ocasión. De algo nos tiene que servir el sambenito de ser el pueblo con más picaresca. TANA

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *