Un pueblo es

Los niños de capital que pasamos por nuestra infancia conociendo un pueblo sólo por María Ostiz y su guitarra, nos quedábamos los fines de semana sin compañeros de juegos. Los viernes a las cinco, aquéllos que tenían pueblo recogían sus cosas en el colegio con gran celeridad, mientras en casa les esperaban con la merienda preparada, que se comerían ya en el coche para evitar la caravana. El R5 era el todoterreno de entonces, un bólido que cargaban con provisiones para una guerra, que no era la de Irak, aunque el domingo por la tarde tocase regresar, normalmente más cargados que a la ida. Y los lunes, en la vuelta al tajo escolar, los niños con pueblo nos contaban lo bien que lo habían pasado en los trigales, apedreando gatos y echando carreras con la bicicleta a la prima dos años mayor, flirteando cuando no conocían el significado de ese anglicismo. Ni falta que hacía.

Ahora, sin embargo, quienes no tuvimos pueblo debemos tirar de imaginación para intuir la infancia que perdimos. Quizá por eso, el pasado puente en un pequeño pueblo de Zaragoza, intenté mirar con los ojos del niño que fui todo aquello que entonces sólo veía en televisión: los riscos, los pantanos, la quema de rastrojos, el autobús de línea y los prestidigitadores del mondadientes. Así pude ver, por ejemplo, que el cielo del pueblo, de un pueblo, no es el de una gran ciudad, aunque compartan la misma luna y el mismo sol, y que un atardecer en el campo encierra más saber que la biblioteca de Alejandría.

Un pueblo es la rotación de objetos por sus casas, pues cualquiera tirado al contenedor aparecerá a la media hora en otra vivienda, en un fenómeno pionero de reciclaje que haría las delicias de nuestro reciclable presidente; los visillos que se corren cuando un coche aparca o dos lugareños se detienen a departir sobre el cambio de tiempo; mujeres en bata, redecilla y pantuflas en calles sin aceras ni semáforos; ancianos vigilando quién va, apostados en los enclaves estratégicos y armados con su gayata; y bares de horarios aleatorios con parroquianos que murmuran sobre los forasteros que han llegado a casa de los de Zaragoza. Algo así debe de ser la España profunda que no sale en los telediarios, ésa que no se preocupa del euribor o las hipotecas, de la cesta de la compra o de los debates, y que vive en un pequeño mundo donde son felices a su manera alcahueteando con maldad y sin ella, tan pronto emparejando al párroco con una beata como tachándolo de homosexual. Buena cantera para el Tomate.

Quizá mi mayor consuelo sea comprobar que los pueblos de la tele se parecen a los de verdad. En ellos también podemos encontrar a hombres que siempre han vivido rodeados de humedades y de las mofas de sus vecinos. Como Paco Rabal en Los santos inocentes, cada pueblo, no sólo el de Delibes, cuenta con algún hombre bueno en el sentido que le daba Machado, pero tonto para el conjunto del padrón municipal. El pueblo de mi pasado puente también tiene uno de ellos, quién sabe si un santo sin contabilizar por el Vaticano, que con un simple silbido consigue que acudan junto a él todos los gatos del lugar, que le rodean con el indescriptible cariño que sólo muestran los animales a quien saben que es bueno. Un hombre ya anciano que, aunque apenas puede ver, ha logrado que los ojos del niño que fui descubrieran, por fin, la belleza que perdieron por no saber lo que era un pueblo.

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