Una ilicitana en Transilvania

felicidadSeguro que habréis escuchado en más de una ocasión la expresión “estar más perdido que un burro en un garaje”. Es un sentimiento que, en muchos momentos de nuestras vidas, nos habrá causado cierta zozobra. En el sinfín trajinar de nuestro paseo por el mundo, son habituales las etapas de desconcierto y desorientación. El problema se complica cuando esas etapas no terminan, cuando en realidad deberían hacerlo por nuestro bien. Sí, ya sé que pensarás que es más fácil decirlo que ponerlo en práctica, que hacer borrón y cuenta nueva siempre resulta traumático. Pero a veces estamos dando vueltas en círculos, como un hámster en su noria, porque tampoco sabemos realmente hacia dónde queremos dirigirnos. Si ignoramos qué queremos hacer realmente con nosotros mismos, es decir, con nuestras vidas, lo primero debería ser detenerse y reflexionar. No olvidéis que “nunca el viento es favorable para quien no sabe a dónde quiere ir.”.

Un burro en un garaje es “como un poeta en un aeropuerto” (Sabina), o como una ilicitana en Transilvania. Desnortados, perdidos y desesperados por encontrar la salida de su laberinto, ignorando que la salida del mismo nunca es física, sino mental. La falta de aceptación de nuestra situación actual nos conduce irremisiblemente a un estado de perpetua insatisfacción, esperando siempre que cambie lo de fuera para ser feliz. No cabe duda de que cumplir objetivos nos satisface, pero es una alegría caduca. Puedes estar deseando algo durante años, pero tras obtenerlo constatas que, al final, no era para tanto. Por esa razón, lo más saludable que podemos hacer es relajarnos, soltarnos y disfrutar cada día como si fuera el último (preguntádselo a don Emilio). Sé que mis palabras pueden sonar muy manidas, y lo son, pero ten por seguro que ahora mismo estás donde tienes que estar. No existen las casualidades.

A mí me gusta el mar, verlo, contemplarlo en la distancia, con toda su apabullante majestuosidad. Me sobran las gafas cuando lo miro, porque lo que no alcanzan a ver mis ojos lo suple, con creces, el sentimiento que en mí provoca su presencia. Pero eso no tiene que significar necesariamente que yo deba vivir junto al mar. En ocasiones, gozamos más con la idealización que con la realidad. Y es que soñar con lo soñado puede llegar a ser más placentero que vivir lo vivido. Tu situación actual, la de ahora mismo, no tiene por qué ser tan mala ni tan buena. Es tu mente inquisidora quien la juzga así. Esa voz interior puede llegar a ser devastadora, impidiéndote disfrutar del momento presente, haga frío o calor, estés en un garaje o al aire libre, en un aeropuerto o en twitter buscando la compañía de solitarios. Tú ahora estás donde tienes que estar, y todo cambiará cuando tenga que cambiar, ni antes ni después. ¿Y mientras tanto qué hacemos? Pues seguir disfrutando de este viaje, amargándonoslo cuanto menos, mejor. Es sólo una idea.

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2 comentarios

  • Domingo

    En muchas ocasiones estamos donde tenemos que estar por pavor al cambio. Nos aferramos a lo “bueno”, que es la manera más eficaz de perderse “lo mejor”. Esa resistencia a la mudanza es el detonante de muchas otras cosas. Hay que hacer por salir de la zona de confort, no hay más garaje que ése.

    • Fernando Solera

      Tienes mucha razón, Domingo. La zona de confort es letal, pero mientras se sale de ella, hay que aceptar y sobrellevar lo mejor que se pueda la zona actual. Salir de la zona de confort es lo deseable, pero no siempre fácil ni en el momento que nos gustaría. Un abrazo, amigo. 😉

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