Yo no soy tú

Esta mañana me he levantado con la noticia de que sólo uno de cada diez niños españoles quieren ejercer la misma profesión que sus padres. Debe de ser que a quien titula la noticia le parece un porcentaje muy bajo. Sin embargo para mí es una barbaridad. En los niños discapacitados la cifra baja al 6,6%, mejor para ellos. El estudio también apunta que casi la cuarta parte de la infancia masculina española quiere ser deportista. De seguir así la cosa vamos a acabar siendo como la antigua RDA, y no sólo por las políticas del actual inquilino monclovita.

Afortunadamente nuestros niños opinan también que hay que anteponer la familia al trabajo, aun a costa de ganar menos. O sea, que no les vale el cuento de que los papás hoy tampoco les recogerán en el colegio, pero así podrán llevarlos en agosto a Eurodisney. La infancia del siglo XXI ya está harta de ser educada por Antonio David, Bárbara Rey y demás fauna, mientras sus padres se quedan en el trabajo a hacer horas extra gratis. Los niños necesitan algo más que su DVD favorito para ser felices. Ellos son puro instinto porque no piensan, saben, y por eso no quieren ser como sus padres. Saben que éstos llegan hartos a casa, que discuten más que los matrimonios televisivos de José Luis Moreno, y que ni siquiera los fines de semana pueden jugar con ellos porque les han matado sus ilusiones.

Que los sueños de nuestros niños sean distintos de los deseos de sus padres es una noticia magnífica. Cuando nacen no pueden evitar cargar con la rémora de ser bautizados con el nombre de sus padres o de sus abuelos, a menudo el mismo, con la carga psicológica que conlleva. Sin embargo, a partir de cierta edad, al menos saben que no quieren que sus padres alcancen sus sueños a costa de sus vidas. Si tu padre quiso ser torero y acabó siendo funcionario del catastro, no le consientas que te arrebate tu sueño de ser bombero.

Torear con la alargada sombra de los padres tiene mucho mérito, pues a veces es tan pesada que muchos hijos acaban aplastados por ella. Y eso que, paradójicamente, entre las profesiones favoritas de nuestros niños no figuran las de psicólogo o psiquiatra. Será porque afortunadamente no necesitan recurrir a ellas, todavía. También porque deben de estar hartos de ver que sus padres son tan adictos a las pastillas como House, y sin embargo cada día están peor. Por eso celebro que los niños no quieran ser como sus padres. Quizá éstos tendrían que ser más como sus hijos, y así aprenderían que todos somos únicos y merecemos ser respetados por ello.

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Un comentario

  • Anonymous

    Las diarreas mentales a las que nos someten los psicólogos escolares producen esos desbarajustes en nuestros cerebros. Cuando nos hacemos adultos ya no sabemos por dónde nos da el aire, y sólo atinamos a buscar lo que más dinero nos proporcione para subsistir ¿o no?

    TANA

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